Pensar, esa acción que suele asociarse a características imperceptibles, inmodificables o independientes. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Y es que, pese al carácter privado de los pensamientos, es importante hacer un esfuerzo por detectar ciertos patrones que pueden estar influyendo en el rendimiento. De igual forma que lo hacen aquellas respuestas y variables que podemos identificar con más facilidad. En este caso, es importante no quedarse únicamente con el pensamiento como conducta per se. Esto es, existen diversas maneras de modular aquello que pensamos en función de las características que conlleven tales procesos. Tomemos un ejemplo, el deporte. ¿Influyen nuestros pensamientos en el rendimiento deportivo? Quizás nos suene la visualización y el autodiálogo, factores que han de trabajarse mucho en este ámbito. Veamos más sobre estos pensamientos. 

 La visualización: Imágenes mentales

No cabe duda de que existen diferencias individuales en cuanto la claridad con la que las personas pueden imaginarse a sí mismas realizando varias destrezas que han aprendido. Esta habilidad, además, es altamente valorada entre los deportistas de alto rendimiento (Orlick y Partington, 1988; Hardy, Gammage y Hall, 2001).

En una encuesta de 235 atletas olímpicos canadienses, el 99% citó el uso de ensayos mentales (imaginarse y sentirse a uno mismo realizando alguna actividad) enfocados a la mejora de su rendimiento (Orlick y Partington, 1988). Y, no con esto, varias investigaciones han demostrado que la visualización puede potenciar el rendimiento deportivo (Vealey y Greenleaf, 2006).

¿Cómo aprendemos a ver en imágenes?

¿Influye cómo pensamos en el rendimiento deportivo?

Seguro que más de una vez hemos asociado palabras con lo visto, oído, olido y sentido. Por ejemplo, al leer un libro. Esto nos permite experimentar, de algún modo, las escenas que las palabras del autor describen. O, en este caso, el entrenador.

Veamos un ejemplo sencillo, cuando el entrenador indica a su base que marque la jugada “cuernos”, automatizando posteriormente el desarrollo de esa jugada concreta, implementada en los entrenamientos previos.

Así pues, podemos concluir que, visualizar las acciones conlleva una infinidad de sentidos asociados (Malott y Whaley, 1983).

Correlaciones cerebrales

Y nunca mejor dicho. Podemos determinar una cierta relación entre la visualización y la acción. Dos acciones que, están íntimamente conectadas e involucran, por ejemplo, a la corteza motora. Un área que se encarga de los procesos de planificación, control y ejecución de las funciones motoras voluntarias.

Con lo anterior, pensar en nuestro cuerpo haciendo algo, produce una activación directa de dicha región cerebral, creando así una miríada de conexiones entre otras zonas. Algo que, también nos ayuda a generar ciertos automatismos con el paso del tiempo. Pudiendo, de esta forma, facilitar un óptimo rendimiento en diversas situaciones. 

¿Influye cómo pensamos en el rendimiento deportivo?

Haciendo un pequeño paréntesis, es conveniente recalcar que pese a los procedimientos cerebrales implicados en ciertos aprendizajes, siempre primará la responsabilidad sobre qué mecanismos aplicamos para poner esa adquisición a disposición de nuestro equipo.

Buscando con ello, dar sentido a ciertas etiquetas que simplemente se originan por correlaciones con un nulo impacto posterior en el rendimiento

Volviendo al hilo, no hay que olvidar la perspectiva. Por ejemplo, cuando nos visualizamos en primera persona, únicamente vemos lo que está a nuestro alrededor, pero cuando lo hacemos en tercera, podemos imaginarnos de manera más específica cuál sería el posible desempeño de nuestro cuerpo en una situación concreta.

Es más, algunos estudios han mostrado que la imaginación en primera persona puede generar una activación muscular mayor en comparación con la tercera persona. Por otro lado, también es importante seguir un procedimiento que potencie una visualización consistente y creíble, en la mayor medida de lo posible.

Pensemos en las siguientes acciones. El momento previo de tirar un tiro libre en baloncesto y el lanzamiento de un penalti en fútbol. Disponemos de una rutina que, en la mayoría de las ocasiones, nos va a facilitar la ejecución posterior, ¿la llevaríamos a cabo? Probablemente sí. Ahora, en esto, ¿los discursos que mantenemos con nosotros mismos entrarían dentro de este paquete? Sin duda alguna. Y, es por esto, por lo que es importante valorar las conductas verbales y privadas como lo que son, variables que influyen en el rendimiento.

Aproximadamente, a los 5-6 años de edad, ya se aprende a hablar consigo mismo (Vygotsky, 1978). Incluso lo hacemos a una edad temprana al enfrentarse a castigos cuando se piensa en voz alta o al estar cerca de adultos que indican silencio (Skinner, 1957).

¿Influye cómo pensamos en el rendimiento deportivo? Imagen obtenida de: https://www.noticiasdenavarra.com/deportes/mas-deportes/2010/05/12/nba-autoriza-mikhail-prokhorov-comprar/56632.html
Noticias de Navarra (15 de mayo de 2010). La NBA autoriza a Mikhail Prokhorov a comprar los Nets de Nueva Jersey. https://www.noticiasdenavarra.com/deportes/mas-deportes/2010/05/12/nba-autoriza-mikhail-prokhorov-comprar/56632.html

Un ejemplo. Imaginemos un jugador que se encuentra en la silla de cambios para entrar a pista. Viene condicionado de una recriminación anterior por parte del entrenador debida a varias acciones desacertadas que lo llevaron como consecuencia al banquillo.

Es por ello por lo que este jugador puede pensar: “como me equivoque de nuevo esta vez sí que me sentará, pero para no volver”.

En dicho caso, hablamos de pensamiento operante o autodiscurso privado. Un proceso que puede ir acompañado de sentimientos y sensaciones desagradables provocados por dicha experiencia aversiva (como sobreactivación, exceso de sudoración o rigidez muscular, entre otros).

Cuando los pensamientos no acompañan en los deportes: Un caso

Con lo leído hasta ahora, es conveniente no obviar este tipo de procedimientos en el deporte. Y es que pueden mantener conductas no deseadas y originadas en un anclaje. A veces, difícil de percibir. Esto se debe a que, aún con su carácter privado, comparten los mecanismos de aprendizaje con acciones más salientes. Veamos algunas situaciones para esclarecerlo:

Volvamos al jugador al que nos referimos un par de párrafos más arriba. Tras salir a pista, decide no afrontar ningún tipo de decisión arriesgada para no exponerse a un posible error que casi con toda seguridad lo llevará de vuelta al banquillo. ¿Qué va a ocurrir? Este deportista se sentirá en un principio más tranquilo, ya que las probabilidades de error han disminuido considerablemente. Sin embargo, probablemente, esté hipotecando su versión del largo plazo al caer en este tipo de bucle:

Miedo – Evitación – Tranquilidad – Vuelta a empezar.

El proceso mediante el cual surgen y se mantienen estos ciclos se conoce como reforzamiento negativo. Ahora, hay que tener en cuenta que, en este contexto, negativo no es lo mismo que aversivo o desagradable. Retomamos el ejemplo sobre el que están pivotando estos aspectos teóricos.

¿Qué ocurre cuándo el jugador no se expone a esa toma de decisión por el miedo al fallo? 

Está retirando un estímulo desagradable, la ansiedad o el miedo en este caso. Un aspecto que genera cierta tranquilidad que, pese a su cortoplacismo, nubla lo que hay más allá de la elección. Seguramente, provocando que ese tipo de respuesta se repita en el futuro (reforzamiento). Algunos ejemplos recientes en la NBA (National Basketball Association, en inglés) son el caso de Ben Simmons o Joel Embiid.

Un ejemplo práctico para terminar: “El pensar en la ejecución de una destreza en el baloncesto la mejorará”

Gail Kendall, la entrenadora asistente del equipo de baloncesto femenino en la Universidad de Winnipeg, estaba preocupada por la ejecución de la defensa en zona de su equipo. Cuando un adversario intentara driblar hacia la canasta, Gail quería que su jugadora ejecutara una habilidad defensiva llamada ‘cerrando la línea de fondo’.

Imagen obtenida de: https://lh6.googleusercontent.com/WJQrX-LHdApKrhSKJSYZPAklzcqvG9D4ewZr2VgiPb4ZrGPZzFUw3gIMXwE5tFe2YepmOlG7mQoDa4M_8rkN5T598Qs-9k5yO1X27akKqegAXRIQhnyTQFWan0sSfk3m-8lOy9HR=s0

Específicamente, con esta estrategia pretendía que su defensa cortara el camino de la jugadora atacante hacia el aro. De tal manera que esta se viera obligada a pasar hacia atrás, tirar en mala posición o recuperar la posesión del balón.

En un proyecto de investigación, el rendimiento de cuatro de las defensas se grabó en vídeo y fue evaluado después de cada partido. Respectivamente, las cuatro jugadoras ejecutaron la estrategia de defensa correctamente un promedio del 60%, 59%, 49% y 54% de las veces.

Ahora, en un diseño de línea base múltiple cada jugadora se comprometió a ensayar mentalmente la ejecución correcta de la estrategia un mínimo de 15 minutos cada día.

La jugadora, en un estado de calma y un ambiente tranquilo, visualizaría a la adversaria driblando el balón. Entonces, se diría a sí misma: “Ciérrala”; y, acto y seguido, se imaginaría ejecutando exitosamente la estrategia. Después de una breve pausa, esto se repetiría con otra jugadora imaginaria.

La estrategia tenía que repetirse cinco veces al día, registrándose las horas que se practicaba el autodiscurso y la visualización en un diario que se estregaría a Gail semanalmente.

¿Los resultados?

Durante los partidos restantes de esa temporada, la ejecución correcta de la estrategia de defensa tuvo un promedio del 73%, 76%, 71% y 74%, respectivamente. Cuando se les preguntó acerca de los procedimientos, las cuatro jugadoras indicaron que no dudarían en sugerir estas técnicas de autoverbalización y de ensayo mental a otros deportistas de alto rendimiento (Kendall et al., 1990).

Conclusión

En resumidas cuentas, que haya comportamientos imperceptibles a simple vista no nos exime de su observación, entendimiento y posterior modificación. Como, por ejemplo, los pensamientos. Por ello, es importante valorar en qué casos tales pensamientos funcionan como detonantes de ciertas conductas que, por un lado pretenderemos buscar o, por otro, de las cuales nos querríamos alejar.

Sin embargo, también es conveniente conocer en qué contextos deportivos surgen pensamientos negativos de manera más tendente. De esta manera, se podrá modificarlos para potenciar o reducir el rendimiento en ciertas situaciones.

Todo esto sin olvidar que el lenguaje tiene la capacidad de modular todo tipo de conductas, ya sean privadas o visibles. Y es que, concienciarse de su influencia es el primer paso para indagar en cómo podemos promover ciertos repertorios en nuestro equipo. Así como, reducir ambientes conflictivos o anticipar dificultades. Pieza clave en lo que a psicología del deporte se refiere, y en la que profundizaremos en otras notas.

Referencias bibliográficas

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  • Kendall, G., Hrykaiko, D., Martin, G. y Kendall, T. (1990). The effects of an imagery rehearsal, relaxation and self-talk package on basketball game performance. Journal of Sport and Exercise Psychology, 12(2), 157-166.
  • Lohr, J. (1 de mayo de 2015). Can Visualizing Your Body Doing Something Help You Learn to Do It Better?Scientific American. https://www.scientificamerican.com/article/can-visualizing-your-body-doing-something-help-you-learn-to-do-it-better/
  • Mallot, R. y Whaley, D. (1983). Psychology. Leaming Publications.
  • Martin, G. (2008). Psicología del deporte: guía práctica del análisis conductual.
  • Orlick, T. y Partington, J. (1988). Mental links to excelence. The Sport Psychologist, 2, 105-130.
  • Skinner, B. (1953). Ciencia y conducta humana. Pearson educación.
  • Skinner, B. (1957). Conducta Verbal. Trillas.
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  • Vealey, R. y Greenleaf, C. (2006). Seeing is believing: Understanding and using imagery in sport. En J. Williams (Ed.), Applied Sport Psychology: Personal Growth to Peak Performance (pp. 306-348). McGraw-Hill.
  • Vygotsky, L. (1978). Mind and Society. Cambridge: Harvard University Press.