Seguramente conocemos a alguien que hace todo lo posible para evitar los necesarios análisis de sangre, vacunas, chequeos dentales o pruebas cutáneas, por ejemplo. ¿El motivo? Una respuesta alterada e irrazonable hacia el miedo a las agujas o que le tengan que pinchar con alguna. Pues, antes o durante esos momentos, la persona experimenta una variedad de respuestas físicas y emocionales que incluyen palpitaciones, dificultad para respirar, mareos, ansiedad, irritabilidad, insomnio, pérdida de apetito, hasta desmayos. Así, el alto miedo a las agujas es omnipresente en los entornos médicos, desde las prácticas comunitarias hasta las clínicas ambulatorias y las habitaciones de los hospitales para pacientes hospitalizados. Veamos por qué puede surgir la fobia a las agujas, datos sobre ello y qué hacer en caso de niños.

Un breve caso de miedo a las agujas

Una mujer de 17 años se presentó para un examen cutáneo. Hace doce meses, le recomendaron encarecidamente que le extirparan un lunar del hombro izquierdo debido a la naturaleza sospechosa de la lesión. Sin embargo, decidió no seguir adelante debido a su fobia a las agujas y se perdió el seguimiento.

Belonefobia: El miedo a las agujas

La lesión ahora ha duplicado su tamaño, aunque no hay otros síntomas malignos. Sus factores de riesgo incluyen tomar sol con frecuencia y tener un familiar de segundo grado diagnosticado con melanoma maligno a los 30 años.

No tiene otros antecedentes médicos relevantes, no fuma y no presenta alergias conocidas. En el examen, hay una única lesión ubicada en la cara posterior de la punta del hombro izquierdo, que mide 4 mm de diámetro. La dermatoscopia revela una lesión pigmentada con red melanocítica atípica, márgenes asimétricos con velos azules y blancos. El examen general no tiene nada de especial. En particular, no hay linfadenopatía.

No quedó ahí

La paciente regresó semanas después, acompañada de su madre. Al llegar, se puso bastante agitada. Desarrolló síntomas de náuseas, enrojecimiento facial y mareos, y se mostró reacia a continuar. Después de emplear técnicas de relajación y estrategias de distracción, finalmente aceptó el procedimiento (Yim, 2006).

El miedo como protagonista

La fobia a las agujas, clínicamente denominada belonefobia, es un subtipo de fobia a la inyección de lesiones sanguíneas. La literatura ha utilizado varias definiciones/nomenclaturas indistintamente, como belonefobia (miedo a agujas y alfileres), tripanofobia (miedo a las inyecciones) y aichmofobia (miedo a objetos afilados y puntiagudos). En este caso, como se ha podido observar en el apartado anterior, puede limitar significativamente el funcionamiento profesional y social de una persona. Dado que puede conducir a un retraso en la terapia, la evitación del tratamiento y la vacilación en la vacunación.

¿Por qué surge? El miedo a las agujas suele comenzar en la infancia y representa un importante problema relacionado con la salud a lo largo de la vida. Y el modo principal de adquisición de fobias en la mayoría de los casos es el condicionamiento o, en los menos, por traumas experimentados indirectamente.

Ahora, la mera exposición al trauma, ya sea directa o indirecta, no es una condición suficiente para que todos los individuos desarrollen miedos o fobias. Así, es probable que exista una variedad de otras variables temáticas y situacionales que pueden ser importantes para que se desarrolle la fobia (Kleinknecht et al., 1994).

Epidemiología

La mayoría de los niños exhiben miedo a las agujas, mientras que la prevalencia del miedo a las agujas varía del 20 al 50% en adolescentes y del 20 al 30% en adultos jóvenes. Además, se destaca que el miedo a las agujas disminuye con la edad, y que tanto el miedo a las agujas como la fobia a las agujas son más prevalentes en mujeres que en hombres.

En incluso, los propios profesionales del campo de la salud, con un 27% de los empleados de hospitales, 18% de los trabajadores en centros de atención a largo plazo y 8% de los trabajadores de la salud en hospitales que evitan la vacunación contra la influenza debido al miedo a las agujas (McLenon y Rogers, 2019).

Algo más grave de lo que parece

Se ha demostrado que los pacientes con exposición frecuente al sistema médico tienen más probabilidades de tener experiencias dolorosas y desarrollar fobia a las agujas, debido a la exposición frecuente y a largo plazo a las agujas como parte del tratamiento esencial de la enfermedad. Por ejemplo, los pacientes que reciben hemodiálisis, que suelen requerir un mínimo de 312 inserciones de agujas al año.

Como es de suponer, el comportamiento de evitación puede tener un impacto más significativo en quienes presentan condiciones que requieren inyecciones frecuentes. De hecho, la literatura informa de resultados adversos para la salud y un aumento de la mortalidad en pacientes con diabetes e hipertensión tipo II con mala adherencia al tratamiento, que generalmente comprende inyecciones frecuentes y extracciones de sangre (Alsbrooks y Hoerauf, 2022).

Actuación ante el miedo a las agujas

Hay que tener en consideración el reconocimiento y la relajación, el control y preparación, y la exposición graduada. Además de la importancia de interactuar con los pacientes e integrar sus perspectivas en la práctica clínica y el ciclo de vida del producto de los dispositivos médicos. Adaptémoslo a la población infantil.

Si el paciente es un niño

  • El reconocimiento y la relajación son pasos cruciales e incluyen identificar a aquellos en riesgo y discutir el procedimiento en detalle, ya que se ha demostrado que ayuda a aliviar la ansiedad y miedo a lo desconocido. Comúnmente, aquellos que están en riesgo son las personas que han tenido antecedentes con experiencias traumáticas con agujas y quienes tienen extrema sensibilidad al dolor. Así, la terapia cognitivo-conductual, la distracción y la relajación se emplean antes de cualquier procedimiento. Pues ayuda a establecer simpatía y relación entre el personal y paciente, además de permitir que el niño esté preparado lo suficiente emocionalmente y psicológicamente.
  • El control y la preparación alientan al pequeño a participar en la toma de decisiones y optimizar y son formas de aliviar la tensión. En esta etapa, el niño puede elegir su propio entorno y tener una persona de apoyo (generalmente, uno de los padres). También se les anima a hablar sobre sus preocupaciones y hacer preguntas en relación con el procedimiento.
  • Cuando el niño y los padres sienten que están listo, se pasa a la exposición. Se pueden usar diagramas, juguetes y muñecos para ilustrar los pasos involucrados en el procedimiento. Importante aquí la observación directa de la respuesta de un niño, es decir, las señales verbales y no verbales. Para generarle confianza se le puede incidir en que no empezarán hasta que esté listo.

Para finalizar

Se recomienda la terapia basada en la exposición in vivo (en persona) (frente a la falta de tratamiento) para niños de siete años o más y adultos con altos niveles de miedo a las agujas. Por su parte, la exposición no in vivo (imaginaria, con el uso de un ordenador) (frente a la falta de tratamiento) se aconseja para personas (mayores de siete años) que no están dispuestas a someterse a una exposición in vivo (McMurtry et al., 2016).

Conclusión

El uso de alternativas no invasivas y agujas pequeñas o autoinyecciones se identifican más comúnmente como posibles soluciones relacionadas a estos casos, pero muchas veces no es posible. Al fin y al cabo, es algo rutinario en entornos clínicos de cara a administrar medicamentos, vacunas y otras sustancias en el cuerpo o para la extracción de líquidos y tejidos. ¿La clave estaría en centrarse entonces en intervenciones más educativas y psicológicas ante la fobia a las agujas? ¿Incluso sin ser la primera opción de preferencias de los pacientes? Ahora, parece ser que los enfoques educativos multidisciplinarios mejoran significativamente el miedo, por lo que quizás no estaría de más empezar a considerarlos.

Referencias bibliográficas

  • Alsbrooks, K. y Hoerauf, K. (2022). Prevalence, causes, impacts, and management of needle phobia: An international survey of a general adult population. PloS one17(11), e0276814. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0276814
  • Kleinknecht R. A. (1994). Acquisition of blood, injury, and needle fears and phobias. Behaviour research and therapy32(8), 817–823. https://doi.org/10.1016/0005-7967(94)90161-9
  • McLenon, J. y Rogers, M. A. M. (2019). The fear of needles: A systematic review and meta‐analysis. Journal of Advanced Nursing75(1), 30-42. https://doi.org/10.1111/jan.13818
  • McMurtry, C. M., Taddio, A., Noel, M., Antony, M. M., Chambers, C. T., Asmundson, G. J., Pillai Riddell, R., Shah, V., MacDonald, N. E., Rogers, J., Bucci, L. M., Mousmanis, P., Lang, E., Halperin, S., Bowles, S., Halpert, C., Ipp, M., Rieder, M. J., Robson, K., Uleryk, E. y Scott, J. (2016). Exposure-based Interventions for the management of individuals with high levels of needle fear across the lifespan: a clinical practice guideline and call for further research. Cognitive behaviour therapy45(3), 217-235. https://doi.org/10.1080/16506073.2016.1157204
  • Yim, L. (2006). Belonephobia: A fear of needles. Australian Family Physician, 35(8), 623-624.