Evaluar el riesgo suicida de alguien que llega a una consulta médica, psicológica, un centro educativo o quizás uno penitenciario, resulta una herramienta central en el trabajo directo con las personas. El potencial de un futuro suicidio, como fenómeno multicausal y multifacético, puede ser detectado a tiempo y, por lo tanto, abordado. De esta forma, distintos actores que trabajan con poblaciones con mayores factores de riesgo suelen desarrollar protocolos de actuación ante la sospecha de riesgo suicida. Este se evalúa en riesgo leve, moderado y alto, y conforme a ello se realizan intervenciones específicas para evitar el desenlace menos deseado. ¿Cómo se evalúa el riesgo suicida? ¿De qué forma se previene el suicidio?

Evaluación del riesgo suicida: Aspectos clave

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el suicidio es definido como el acto deliberado de quitarse la vida. Sin embargo, este acto acarrea diversas cuestiones que trascienden el hecho de dejar de vivir.

Riesgo suicida

En este sentido, el suicidio suele presentarse como una solución a un sufrimiento y malestar profundo, del que las personas no encuentran otras salidas. Por tanto, la emoción compartida es la de desesperanza acerca del futuro y una necesidad imperiosa de escapar.

Dado que el suicidio suele partir de un deseo por el cese del sufrimiento, estas conductas generalmente se presentan con gran ambivalencia. Así, la persona que atenta contra su vida puede cambiar de opinión. Es por ello por lo que se tornan esenciales las políticas de prevención de suicidio, especialmente frente a situaciones vitales que implican factores de riesgo comunes entre múltiples poblaciones (Kalbantner, 2022).

Antecedentes al suicidio: Factores importantes

Previo al acto suicida en sí, suelen aparecer indicios relacionados al daño a la propia vida que pueden ser detectados. Dichos indicios se componen por un amplio espectro de comportamientos, entre los cuales hallamos la conducta suicida, ideación e intento de suicidio (Fraijo et al., 2012).

  • En el caso de la primera, a diferencia del suicidio consumado, se caracteriza por el daño infligido de una persona sobre sí misma independientemente del grado de la lesión o intención letal del acto.
  • Por otro lado, con ideación suicida, nos referimos a la reiteración de pensamientos intrusivos relativos a la provocación de la muerte. En la misma, se incluyen las ideas sobre las formas en las que se desea morir, métodos a utilizar y circunstancias de la muerte. Ahí suelen surgir las amenazas de suicidio, entre otras.
  • Finalmente, el intento de suicidio, se define como una conducta autodestructiva con la intención de morir, aunque el objetivo pueda fallar. Esta manifestación es más común entre mujeres debido a la metodología que suelen elegir para ello (Kalbantner, 2022).

¿Cómo se evalúa la probabilidad del suicidio o de un intento?

La valoración del riesgo suicida consta de tres niveles de clasificación, leve, moderado y alto, determinados a partir del protocolo de cada institución de salud. Sin embargo, existen guías internacionales como el SAFE-T, un modelo de cinco pasos para los profesionales del área sanitaria. El mismo, prevé la evaluación de factores de riesgo, factores protectores, indagación de la conducta suicida, clasificación por niveles y registro.

A partir de esta valoración, se prevén acciones de prevención de suicidio, correspondiente a la particularidad de cada caso y recomendaciones generales de acción de acuerdo a la situación evaluada. Asimismo, la guía recomienda que tal valoración se realice en el primer contacto ante la sospecha de conductas suicidas, aumento de la ideación o cambios clínicos que lo ameriten. En el caso de las personas internadas en clínicas de salud mental, se espera que se realice en todos los casos previo al alta médica (Ministerio de Salud Pública [MSP], 2022).

1. Identificar factores de riesgo

evaluación del riesgo suicida

El primer paso de la guía consiste en identificar factores de riesgo. Uno de los principales incluye el comportamiento suicida, identificable a partir de la historia de intentos previos y las conductas autolesivas.

La presencia actual o antecedentes de trastornos psiquiátricos también se considera un factor de riesgo significativo. Estos engloban los trastornos del humor, trastornos psicóticos, abuso de sustancias, estrés postraumático o trastornos de conducta.

Asimismo, se debe prestar atención a antecedentes familiares de suicidio, intentos o trastornos psiquiátricos que hayan requerido hospitalización. Por otro lado, entre los síntomas clave que pueden precipitar un intento, se destaca la anhedonia, impulsividad, desesperanza, ansiedad/pánico, insomnio y comando alucinatorio, si bien por sí solos no presentan un riesgo elevado. Finalmente, se debe tener en cuenta el acceso a armas de fuego u otras herramientas potencialmente letales, además de la presencia de elementos precipitantes como duelos y enfermedades en curso (MSP, 2022).

2. Identificar factores de protección

En un segundo momento, resulta esencial reconocer los factores protectores internos y externos con los que cuentan las personas. Con respecto a las potencialidades internas, se evalúa la capacidad de afrontamiento frente al estrés, enlaces a creencias religiosas o cultos de apoyo espiritual y tolerancia al malestar. Por otro lado, los factores externos corresponden a responsabilidades con el cuidado de terceros, como niños o mascotas queridas, las relaciones terapéuticas positivas y el apoyo social.

Ahora, los factores protectores pueden no ser suficientes por sí mismos en momentos de riesgo agudo. Así, si bien representan un recurso fundamental de soporte a la salud mental, deben ser evaluados en conjunto con el resto de los puntos especificados anteriormente (MSP, 2022).

3. Indagación de la conducta suicida

El interrogatorio específico sobre pensamientos suicidas y comportamientos autolesivos es esencial en la evaluación de riesgo suicida. Esto implica profundizar sobre la ideación suicida, incluyendo su frecuencia, intensidad y duración en diferentes períodos de tiempo, como las últimas 48 horas, el último mes y en el peor momento experimentado por la persona. Además, es importante explorar los detalles del plan suicida, como el momento previsto, lugar, letalidad del método, disponibilidad y cualquier acto preparatorio.

También, se debe distinguir entre los comportamientos que representan intentos suicidas anteriores, intentos frustrados o ensayos específicos (como la manipulación de nudos o la carga de armas) y las conductas autolesivas que no tienen una intención suicida.

Además de recopilar esta información, es crucial investigar la intencionalidad de la persona. Es decir, el grado en que espera llevar a cabo el plan y su creencia en la eficacia del método en términos de letalidad versus daño.

En este proceso, se ha de tener en cuenta la ambivalencia. Así, se necesita explorar las razones subyacentes para morir y las razones para vivir, lo que proporciona una visión más completa de su estado emocional y motivaciones.

4 y 5: Nivel de riesgo, intervención y registro

El nivel de riesgo e intervención se determina a partir de los puntos anteriores. Esta evaluación debe repetirse a medida que cambian las circunstancias ambientales y vitales.

  • Nivel de riesgo bajo: Se determina cuando la persona presenta factores de riesgo modificables y fuertes factores protectores. Además, cuenta con pensamientos de muerte sin un plan, intención o conductas suicidas. Generalmente, se deriva a centros de atención ambulatorios y se proporciona información sobre atención en crisis.
  • Nivel de riesgo moderado: En estos casos, la persona cuenta con múltiples factores de riesgo y pocos factores protectores. Sumado a ello, presenta ideas de un plan pero sin conductas suicidas o intentos. Puede resultar necesaria la internación y también se planifica un protocolo de acción en crisis.
  • Nivel de riesgo alto: Se determina un riesgo alto cuando el individuo cuenta con trastornos psiquiátricos graves o persistentes, además de poseer pocos factores protectores y un plan con ensayos suicida o intentos previos. Se recomienda la internación.

Como paso final, resulta esencial registrar la valoración del riesgo y el plan de intervención. Esto debe hacerse procurando reducir el riesgo actual e involucrando al círculo más cercano de la persona (MSP, 2022).

Conclusión

El suicidio es un fenómeno que se puede prevenir. Contar con guías de evaluación de riesgo y recomendaciones generales resulta central a la hora de homogeneizar los criterios de actuación de personal que convive con población de riesgo de forma constante. Sin embargo, más allá de los lineamientos estándar, debemos tener en cuenta el carácter del encuentro, ofreciendo lugares empáticos de escucha y contención emocional.

Referencias bibliográficas

  • Carter, G. y Spittal, M. J. (2018). Suicide Risk assessment. Crisis-the Journal of Crisis Intervention and Suicide Prevention39(4), 229-234. https://doi.org/10.1027/0227-5910/a000558
  • Fraijo, B., Cuamba, N., Corral, V., Tapia, C. y Montiel, M. (2012). Factores psicosociales asociados a la ideación suicida y el parasuicidio en adolescentes. PSICUMEX, 2(1), 41-55.
  • Kalbantner, A. (2022). Prevención del suicidio: las palabras de los niños, el silencio de los adultos [Trabajo final de grado, Universidad de la República]. Colibrí. https://hdl.handle.net/20.500.12008/34809
  • Ministerio de Salud Pública (2022, 15 de julio). Guía de valoración del riesgo suicida para profesionales del primer nivel de atención en salud. https://www.gub.uy/ministerio-salud-publica/comunicacion/noticias/guia-valoracion-del-riesgo-suicida-para-profesionales-del-primer-nivel