El síndrome de Estocolmo y el síndrome de Lima tienen una estrecha y curiosa relación entre sí. Suelen llamar mucho la atención debido a las conductas tan contrarias que muestran. Sin embargo, ambos presentan muchas controversias en cuanto a su denominación. Y es que, ¿realmente se les puede considerar “síndromes”? ¿A qué se deben sus nombres? Indaguemos en ello, a continuación.

¿Qué es el síndrome de Estocolmo?

El síndrome de Estocolmo es una respuesta psicológica que presenta una persona que ha sido secuestrada, en forma de vínculo afectivo positivo, hacia su captor. El Buró Federal de Investigaciones​ (Federal Bureau of Investigation, FBI, en inglés) afirma que el 27% de las personas que han sufrido un secuestro presentan dicho síndrome.

Este término lo utilizó por primera vez Nils Bejerot, en 1973, para describir la conducta de los rehenes en un atraco de un banco en Estocolmo (Suecia). El secuestro duró varios días y los rehenes empezaron a identificarse con los atracadores, hasta el punto de sentir compasión y empatía por ellos. De hecho, colaboraron con sus captores, dándole pistas falsas a la policía. Incluso una rehén dijo estar “enamorada” de su secuestrador.

Características del síndrome de Estocolmo

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Se trata de un mecanismo adaptativo ante una situación de gran estrés y miedo. Su objetivo, inconsciente, es guardar un equilibrio ante la situación de indefensión durante el cautiverio. Según Rizo-Martínez (2018) el raptor somete a su víctima a un estado de terror extremo, por lo que el impulso de vivir de estas les hace crear un contexto afectivo para intentar controlar la situación.

¿Una respuesta inconsciente?

A veces, dicha estrategia puede ser totalmente consciente y voluntaria pero, si es inconsciente, se habla de la presencia de dicho síndrome. Con esto, hasta algunas personas que lo han sufrido (inconscientemente) han llegado a negar que estaban en peligro o bajo amenaza.

Además, suelen presentar una actitud de agradecimiento hacia sus secuestradores por mantenerlas con vida y/o cuidarlas. Por esto, es muy común que sientan cierta responsabilidad o culpa sobre la conducta del captor.

Cuando emerge la compasión

Para poder identificar este cuadro es necesario que la persona haya sido secuestrada en contra de su voluntad durante un tiempo determinado (como mínimo varios días). Además, Domen (2005) señala que han de mostrar sentimientos de admiración, compasión e identificación con sus captores, incluso bastante tiempo después del secuestro. De hecho, la mayoría de veces no recuerdan el cautiverio como una experiencia negativa y evitan la colaboración para la detención de sus secuestradores.

¿Qué es el síndrome de Lima?

Al igual que el síndrome de Estocolmo, también es una respuesta psicológica, pero esta vez le ocurre al secuestrador. Así, este siente compasión y empatía hacia el secuestrado. Es decir, crea cierto vínculo emocional, preocupándose por su bienestar.

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La denominación del síndrome de Lima surgió en 1996, en Lima (Perú), cuando un grupo de terroristas ocupó la casa del embajador de Japón mientras se celebraba el cumpleaños del emperador Akihito. Durante tal acontecimiento, retuvieron a unos 800 rehenes, pero la gran mayoría fueron liberados casi al instante, sobre todo mujeres y niños, quedando solo 72 cautivos.

Con el paso de los días, los secuestradores crearon vínculos afectivos con los rehenes, hasta que finalmente liberaron a 71 personas, ya que una persona falleció. Sin embargo, antes de llevar a cabo el plan, establecieron que, en caso de que la policía los atrapara, matarían a todos los rehenes.

Características del síndrome de Lima

En primer lugar, hablamos de un mecanismo muy contradictorio. Es decir, el secuestrador atenta contra la voluntad y el bienestar de la víctima pero, posteriormente, se preocupa por ella. Algunas conductas características son (Cely y Gómez, 2002): 

  • Evitar dañar físicamente a la víctima.
  • Conceder poco a poco libertades, hasta que la libera.
  • Socializar con ella, hasta el punto de desahogarse y expresar sus sentimientos.
  • Prometer que cuidará de ella, tanto física como emocionalmente.
  • Percibir sentimientos de atracción por la víctima e incluso tratar de seducirla, en ocasiones.

El secuestrador piensa que no está actuando de manera ilegal ni atentando contra la vida de la persona secuestrada. Por el contrario, cuida y se preocupa por ella. ¿El por qué? El síndrome de Lima se asocia, sobre todo, a ciertas variables ambientales, así como condiciones intrapersonales. A veces, la corriente afectiva creada por el secuestrador se debe a que tiene poca experiencia delictiva, se arrepiente, está obligado a hacerlo o piensa que el secuestro pudiese tener un final nefasto.

Controversias a partir del síndrome de Estocolmo y el síndrome de Lima

El síndrome de Estocolmo y el de Lima no pueden ser investigados profundamente, ya que resulta muy difícil analizarlos en entornos científicos o en laboratorios. Esto se debe a que pueden atentar contra el bienestar de las personas. Por tal razón, aún no se han establecido los criterios para un correspondiente diagnóstico oficial.

El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition, en inglés) y la Clasificación internacional de las enfermedades (International Statistical Classification of Diseases and Related Health Problems, en inglés), no los incluyen.

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¿Realmente son síndromes?

Muchos investigadores y autores como Spuijbroek et al. (2012) cuestionan la denominación de tales condiciones psicológicas como síndromes. Pues algunos expertos en trauma piensan que forman parte del estrés postraumático (TEPT) o estrés agudo que puede sufrir la víctima.

Con lo anterior, se ha llegado a la conclusión de que no todas las personas que son secuestradas desarrollan el síndrome de Estocolmo. Y, siguiendo esta línea, no todas las personas secuestradoras presentan el síndrome de Lima. Y es que, tales actitudes dependen de las características individuales, puesto que suelen coincidir en una identidad débil y/o poco establecida, así como una personalidad vulnerable con escasos valores fijados (Domen, 2005).

Conclusión

El síndrome de Estocolmo y el de Lima son mecanismos de defensa para evitar sufrir un shock emocional a partir de una situación muy difícil. Sorprendentemente, resultan un símil de la propia condición contradictoria de la naturaleza humana.

Sin embargo, oficialmente, no están registrados como síndromes, sino como actitudes, mecanismos o estrategias inconscientes. Aun así, podemos estar de acuerdo con algo, lo impresionante que es la mente y cómo intenta adaptarse a situaciones tan extremas y dramáticas para evitar nuestro sufrimiento, sea cual sea nuestro papel.

Referencias bibliográficas

  • Ballús, C. (2002). A propósito del síndrome de Estocolmo. Medicina Clínica, 119(5), 174. Doi: 10.1016/S0025-7753(02)73354-X
  • Cely, L. y Gómez, L. (2002). Estrategias de interacción que el secuestrador genera con la víctima durante el cautiverio. Universitas Psychologica, 1(1), 52-66. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=64710107
  • Domen, M. (2005). Un vínculo “incomprensible” entre sus protagonistas: El síndrome de Estocolmo. Encrucijadas, 33.
  • Rizo-Martínez, L. E. (2018). El síndrome de Estocolmo: una revisión sistemática. Clínica y Salud, 29(2), 81-88. Doi: 10.5093/clysa2018a12
  • Spuijbroek, E., Blom, N. y Braam, A. (2012). Stockholm syndrome manifestation of Munchausen: An eye-catching misnomer. Journal of Psychiatric Practice, 18(4), 296-303. https://doi.org/10.1097/01.pra.0000416021.68462.f3