No toda resistencia al cuidado psicológico nace del rechazo explícito. A menudo, lo que impide pedir ayuda es un “no sé”. No un desconocimiento burdo, es la incapacidad de traducir el malestar en categorías comprensibles, de discriminar qué es información fiable, de convertir la experiencia subjetiva en una demanda legítima. Ese vacío tiene nombre: baja alfabetización en salud. Y cuando ese déficit se cruza con las representaciones sociales de la enfermedad mental, el resultado es estigmatización estructuralmente sostenida. Veamos más sobre estigma y alfabetización en salud mental.

La ignorancia a veces es estructura

El estudio de Fleary y colaboradores (2022) analiza precisamente este cruce, cómo los diferentes niveles de alfabetización en salud (funcional, comunicativa y crítica) modelan el estigma, la evitación de la ayuda y la disposición a relacionarse con personas con diagnóstico psiquiátrico. Lo relevante no es tanto confirmar que “más información reduce el estigma” (eso sería una obviedad), sino mostrar qué tipo de habilidades cognitivas y comunicativas son las que verdaderamente erosionan la barrera simbólica que separa al sujeto del cuidado psicológico.

Alfabetización en salud mental

El modelo de alfabetización en salud que articula este trabajo distingue tres dimensiones.

Alfabetización en salud mental, estigma y la trama de la ayuda

Tres niveles de una misma fractura

  • Funcional: capacidad para leer, comprender y manejar información básica.
  • Comunicativa: habilidad para dialogar con profesionales, formular preguntas, contrastar fuentes.
  • Crítica: capacidad de análisis reflexivo, de posicionamiento activo ante el sistema sanitario.

Lo llamativo es que no todas las dimensiones impactan del mismo modo sobre el estigma. La alfabetización funcional y la comunicativa muestran asociaciones robustas con menor estigma y menor aversión a la búsqueda de ayuda, mientras que la dimensión crítica resulta sorprendentemente poco relevante. Esto rompe una intuición frecuente, no basta con ser “crítico” con el sistema; si no se domina antes el lenguaje básico del malestar y la interacción clínica, la crítica flota en el vacío.

Es decir, el estigma no se combate únicamente con pensamiento crítico, sino con capacidad simbólica operativa. Osea, con la posibilidad real de transformar la vivencia en discurso compartible.

El estigma en salud mental como mediador psíquico

El estigma actúa como mediador entre la alfabetización en salud y la conducta de búsqueda de ayuda. No es un simple acompañante del proceso, es una estructura intermedia que traduce el déficit cognitivo en evitación conductual.

Lo anterior tiene un peso clínico enorme. El estigma deja de ser una actitud superficial y pasa a ser un mecanismo de defensa socialmente compartido, protege al sujeto de exponerse a un sistema que no comprende, pero al precio de negar su propio sufrimiento. Desde esta óptica, la evitación de la ayuda es economía psíquica de protección frente a la vergüenza y la desorientación cognitiva.

Dicho planteamiento dialoga de manera muy clara con los modelos contemporáneos de estigma y autoestigma en salud mental, donde se reorganiza la identidad alrededor de ellos (Corrigan y Rao, 2012). La persona no solo teme al juicio externo, se convierte en su propio vigilante.

Hablar sí cambia la estructura

La alfabetización comunicativa incrementa la disposición a interactuar con personas con trastornos mentales. Se introduce una variable clave, la competencia relacional como factor antiestrés social.

estigma en salud mental

Desde la psicología del desarrollo y la teoría sociocognitiva, esto no es trivial. La capacidad de formular preguntas, tolerar la ambigüedad diagnóstica, negociar significados con un profesional transforma la representación del otro. El otro deja de ser “peligroso”, “imprevisible” o “débil” para convertirse en interlocutor comprensible.

Es, al final, un proceso es coherente con lo que muestran estudios recientes sobre alfabetización en salud mental y reducción del prejuicio implícito. Así, mejorar la alfabetización puede contribuir a transformar la representación social del otro, reduciendo prejuicios declarados (Ma et al., 2023).

La paradoja de la alfabetización crítica

El hecho de que la alfabetización crítica no muestre efectos directos significativos sobre el estigma en este estudio no puede despacharse como una mera limitación metodológica; constituye, en sí mismo, un hallazgo inquietante. Sugiere que el acceso a marcos interpretativos complejos o a discursos sofisticados sobre la salud mental no garantiza una transformación paralela en el plano afectivo.

Pensar “bien” sobre la salud mental no implica necesariamente sentir distinto frente a ella, ni desactivar las respuestas emocionales de rechazo, miedo o superioridad moral que sostienen el estigma (Fleary et al., 2022). Se puede sostener un discurso inclusivo mientras se conserva, en niveles menos accesibles, esquemas afectivos rígidos que siguen organizando la distancia, la evitación y el otro como amenaza simbólica.

Cuando pensar no basta

Este punto conecta con investigaciones recientes sobre disonancia cognitiva y estigma implícito. Knaak et al. (2024) muestran que los programas basados solo en información crítica reducen actitudes explícitas, pero no modifican conductas reales de ayuda.

Quién estigmatiza más no es casualidad

Hay perfiles de mayor estigmatización, hombres, personas más jóvenes y algunos grupos culturales específicos. Ojo, no debe leerse en clave moral, sino estructural.

Edad, género y cultura como moduladores simbólicos

En los hombres, el estigma se articula con normas de autosuficiencia emocional, donde pedir ayuda amenaza la identidad. En los jóvenes, con una exposición masiva a discursos contradictorios sobre salud mental: normalización banal por un lado, hiperdemonización por otro. Y en determinados contextos culturales, con narrativas donde la enfermedad mental sigue asociada a culpa, vergüenza o castigo.

Estudios confirman que la alfabetización en salud mental actúa como amortiguador de estos efectos identitarios. Por ejemplo, el metaanálisis de Xu et al. (2022) refiere que las intervenciones de alfabetización en salud mental en población joven se asocian con una reducción significativa del estigma explícito, especialmente cuando incorporan componentes de contacto social directo con personas con experiencia en salud mental.

Lo que realmente impide pedir ayuda no es el desconocimiento…

La baja alfabetización compromete los procesos mediante los cuales el individuo construye sentido sobre su propia experiencia de malestar. Cuando fallan las herramientas para interpretar lo que ocurre, el sufrimiento queda suspendido en un estado de indeterminación cognitiva. No se reconoce como problema específico, no se sitúa en un marco explicativo compartido y, por tanto, no encuentra un destinatario claro. En ese vacío de referencias, el malestar pierde su condición de fenómeno abordable y permanece como vivencia difusa, difícil de articular en términos de demanda.

Desde la psicopatología fenomenológica, esto se aproxima a una forma de desamparo epistémico, el sujeto experimenta el padecimiento, pero carece de los mediadores simbólicos necesarios para inscribirlo en una narrativa interpretable y comunicable. El estigma pasa a operar como una coherencia defensiva, una estructura de sentido que, aun siendo restrictiva, ofrece una explicación estable frente a la amenaza de un caos interno que no logra ser nombrado.

Alfabetización y poder

La alfabetización en salud es una forma de poder psíquico distribuido. Quien comprende, pregunta. Quien pregunta, decide. El que decide, se implica. La falta de alfabetización es una forma de vulnerabilidad estructural. Intervenir sobre la alfabetización en salud mental no es solo hacer psicoeducación. Es redistribuir capacidad de agencia, permitir que más sujetos participen activamente en las decisiones sobre su propio cuerpo y su propia mente.

Enfoque que conecta con la línea de investigación de Nutbeam sobre la alfabetización en salud como determinante social, revisitada desde la salud mental comunitaria, donde se entiende que estas competencias modulan el acceso a los recursos, la participación activa de la persona y su capacidad de agencia dentro de los sistemas de atención, con implicaciones directas para los procesos de inclusión en salud mental.

Conclusión

La ayuda no se busca en función de la intensidad del dolor, sino de la posibilidad de significarlo. Dos personas pueden sufrir lo mismo; solo una pedirá ayuda. La diferencia rara vez está en la gravedad del síntoma. Está en el acceso a los códigos que permiten reconocerlo como tratable. Y eso devuelve a la clínica una responsabilidad ampliada, no solo tratar síntomas, enseñar a pensar el sufrimiento como algo que puede ser compartido.

Referencias bibliográficas

  • Corrigan, P. W. y Rao, D. (2012). On the self-stigma of mental illness: stages, disclosure, and strategies for change. Canadian journal of psychiatry. Revue canadienne de psychiatrie57(8), 464-469. https://doi.org/10.1177/070674371205700804
  • Fleary, S. A., Joseph, P. L., Gonçalves, C., Somogie, J. y Angeles, J. (2022). The Relationship Between Health Literacy and Mental Health Attitudes and Beliefs. Health literacy research and practice6(4), e270-e279. https://doi.org/10.3928/24748307-20221018-01
  • Knaak, S., Mantler, E. y Szeto, A. (2017). Mental illness-related stigma in healthcare: Barriers to access and care and evidence-based solutions. Healthcare management forum30(2), 111-116. https://doi.org/10.1177/0840470416679413
  • Ma, K. K. Y., Anderson, J. K. y Burn, A. M. (2023). Review: School-based interventions to improve mental health literacy and reduce mental health stigma – a systematic review. Child and adolescent mental health28(2), 230-240. https://doi.org/10.1111/camh.12543