En la actualidad, la práctica clínica atraviesa una transformación hacia la superación de los esquemas diagnósticos tradicionales. Durante décadas, los modelos de enfermedad latente han agrupado los problemas psicológicos en categorías nosológicas estáticas. Frente a esta limitación, la integración de la Psicoterapia Analítica Funcional (FAP) y la Terapia Basada en Procesos (PBT) ofrece una alternativa idionómica centrada en redes dinámicas y contingencias relacionales. A continuación, se examinan sus bases teóricas, evidencia empírica y herramientas aplicadas.
Comprender el malestar como una red de procesos

A modo de introducción, la insatisfacción con el modelo categorial responde a la violación del principio de ergodidad, el cual asume infundadamente que los datos grupales representan los procesos dinámicos individuales. Incluso, los sistemas tradicionales de clasificación, como el DSM o la CIE, reducen el sufrimiento a anomalías biológicas o síntomas aislados, ignorando cómo las dificultades evolucionan a lo largo del tiempo. Frente a este reduccionismo, el enfoque idionómico representa la psicopatología como una red compleja de problemas, condiciones contextuales y procesos interconectados (Hofmann y Hayes, 2024).
En este marco, la PBT define la psicopatología como un conjunto de procesos de adaptación fallidos frente a un contexto específico. Para organizar esta complejidad, utiliza el Metamodelo Evolutivo Extendido (EEMM), que aplica principios de variación, selección y retención contextual en dimensiones biopsicosociales. Asimismo, la evaluación busca identificar los procesos centrales a intervenir para alcanzar los valores del consultante.
El cambio en la relación terapéutica
Por su parte, la FAP fundamenta su poder clínico en el análisis preciso de las funciones conductuales dentro de la relación terapéutica. De hecho, el repertorio humano se moldea mediante tres niveles de selección: filogenia, ontogenia y cultura. Así, la psicoterapia actúa como un contexto de contracontrol social que neutraliza las influencias coercitivas externas. De esta manera, proporciona un ambiente seguro donde extingue respuestas emocionales como la culpa mediante exposición no punitiva (Passos et al., 2023).
En este orden de ideas, la FAP clasifica las respuestas del cliente en Comportamientos Clínicamente Relevantes en sesión, distinguiendo problemas (CCR1) y mejoras (CCR2). Asimismo, analiza la conducta del terapeuta, identificando reacciones que mantienen dificultades o acciones que promueven progreso. Para contemplar la equidad y el poder, este modelo incluye comportamientos sociopolíticos. De esta forma, evalúa variables culturales opresivas en el cliente y conductas del terapeuta que incurren en microagresiones o fomentan la humildad cultural.
La singularidad clínica en cifras

Particularmente, el respaldo empírico a las formulaciones idionómicas proviene de investigaciones sobre redes personalizadas en entornos reales. En concreto, un estudio de métodos mixtos evaluó formulaciones basadas en redes mediante el Modelado de Sistemas Idiográficos (ISM). A su vez, la muestra incluyó 483 pacientes con trastornos del estado de ánimo (depresión recurrente 41 %, episodio único 38 %, otros 12 %) y ansiedad (9 %) en una clínica psicosomática alemana. Por último, los pacientes co-crearon sus redes con 35 terapeutas, derivando 4.908 conceptos interpretables (van den Bergh et al., 2024).
Sumado a esto, el análisis cuantitativo reveló una unicidad extraordinaria en la presentación clínica. Es decir, el 87 % de los conceptos (4.272) fueron completamente únicos y figuraron en un solo paciente. Específicamente, apenas el 3 % apareció en cinco o más modelos, siendo la “ansiedad” el término más repetido (17,8 %). Por lo tanto, estos datos demuestran cuantitativamente que los diagnósticos estandarizados y los protocolos normativos no logran capturar la riqueza de la psicopatología individual.
Siete necesidades que amplían la mirada clínica
Pese a la heterogeneidad individual, el análisis temático inductivo agrupó los conceptos en siete temas globales que reflejan necesidades humanas fundamentales. En este sentido, la dimensión de mayor prevalencia fue el autocuidado (97 % de los modelos). Otras dimensiones fueron las emociones (94 %), identidad (86 %), autoeficacia (81 %), conexidad o pertenencia social (81 %), autonomía (65 %) y sensaciones corporales (34 %). Además, cada tema abarca subtemas esenciales como la soberanía personal, la regulación afectiva y los valores.
Como resultado, la formulación funcional debe trascender la reducción de síntomas e integrar dimensiones experienciales y existenciales. Se destaca que la convergencia entre redes y necesidades psicológicas demuestra que una evaluación rigurosa exige explorar cómo las variables individuales se organizan en bucles dinámicos. Así, la evidencia reciente valida los diagnósticos idiográficos para guiar intervenciones personalizadas.
Estrategias para elaborar una formulación funcional

En cuanto a las estrategias, para elaborar una formulación funcional profunda, la síntesis de PBT y FAP exige evaluar minuciosamente la diversidad cultural. Por un lado, la FAP ampliada integra una matriz para examinar diez categorías culturales: edad, deficiencias del desarrollo, deficiencias adquiridas, religión, etnia/raza, estatus socioeconómico, orientación sexual, identidad indígena, origen nacional y género. A su vez, identificar las identidades dominantes y no dominantes facilita el análisis de disparidades de poder e interseccionalidad (Passos et al., 2023).
Cabe destacar que este análisis previene respuestas iatrogénicas y microagresiones en sesión, especialmente cuando la relación es no correspondiente. De hecho, el desarrollo de la competencia cultural y la humildad cultural permite transformar el contexto terapéutico en una experiencia de validación. Es más, la detección de conductas sociopolíticas fortalece la seguridad relacional y optimiza los resultados.
Intervenir donde el cambio transforma la red
La formulación funcional se consolida al vincular los objetivos relacionales de la FAP con la matriz dimensional del Metamodelo Evolutivo Extendido de la PBT. Tras mapear la red del consultante, no se aplican paquetes estandarizados, sino que selecciona núcleos de intervención específicos para alterar procesos centrales. Así, el trabajo sobre la evitación o la rigidez cognitiva se conecta directamente con las metas y valores personales (Hofmann y Hayes, 2024).
Dado que los procesos de cambio son fluctuantes, la formulación funcional se concibe como una hipótesis dinámica durante todo el tratamiento. Con la finalidad de evaluar la evolución del sistema en tiempo real, se implementan evaluaciones longitudinales de alta densidad. Dentro de ellas se encuentran la Evaluación Ecológica Momentánea (EMA) o el automonitoreo diario. Dichas herramientas permiten rastrear cómo las modificaciones en un nodo impactan la red, ajustando la estrategia terapéutica.
Alcance y limitaciones de la evidencia

A pesar de sus valiosos aportes, la evidencia disponible presenta limitaciones metodológicas y conceptuales. En primer lugar, los hallazgos sobre la unicidad de las redes provienen de un estudio de métodos mixtos en una clínica de Alemania con un perfil socioeconómico particular. Consecuentemente, se limita la generalización directa de las frecuencias a poblaciones ambulatorias. Además, al usar modelos digitalizados secundarios, la investigación no incluyó grabaciones audiovisuales para analizar el contexto cualitativo directo de la interacción (van den Bergh et al., 2024).
Por otro lado, la integración de variables culturales en terapias contextuales se fundamenta en ensayos teóricos. En otras palabras, existe escasez de estudios empíricos controlados en entornos no anglófonos que evalúen la eficacia del modelo FAP ampliado. Asimismo, aunque el metamodelo de la PBT ofrece una sólida plataforma transteórica, se requiere mayor investigación experimental sobre cómo los núcleos de intervención alteran interactivamente los procesos de cambio en redes idiográficas (Hofmann y Hayes, 2024; Passos et al., 2023).
Conclusión
A modo de cierre, la integración de la FAP y la PBT representa un avance trascendental hacia una formulación funcional rigurosa y personalizada. La evidencia empírica demuestra que la psicopatología es un fenómeno altamente idiográfico, donde la mayoría de los elementos son específicos de cada individuo. Al abandonar los diagnósticos categoriales y adoptar redes dinámicas, la práctica clínica se reorienta hacia la identificación de procesos biopsicosociales interconectados que responden a las necesidades existenciales del consultante.
Asimismo, la incorporación explícita de variables culturales, interseccionalidad y relaciones de poder asegura que la evaluación no ignore el contexto sociocultural del sufrimiento. La combinación de la precisión relacional de la FAP, el marco evolutivo de la PBT y el monitoreo continuo de procesos ofrece una guía clara para seleccionar intervenciones efectivas. Ante la evidencia sobre la singularidad humana, ¿estamos preparados en la práctica clínica para trascender las etiquetas diagnósticas y comprometernos con una evaluación auténticamente idionómica?
Referencias bibliográficas
- Hofmann, S. G., y Hayes, S. C. (2024). A process-based approach to transtheoretical clinical research and training. Clinical Psychology in Europe, 6(Special Issue), e11987. https://doi.org/10.32872/cpe.11987
- Passos, J. A. F., Weydmann, G., Motta, P., y Dias, A. C. G. (2023). Interfaces entre as psicoterapias comportamentais e a cultura. Perspectivas em Análise do Comportamento, 14(1), 65–87. https://doi.org/10.18761/vecc21112022
- Van den Bergh, R., Olthof, M., Goldbeck, F., Hegewald, K., Pommerien-Becht, F., Daniels-Wredenhagen, N., Weggemans, R. J., Scholz, S., Daalmans, S., Otten, R., Aas, B. G., y Lichtwarck-Aschoff, A. (2024). The content of personalised network-based case formulations. Journal of Contemporary Psychotherapy, 54(3), 181–192. https://doi.org/10.1007/s10879-023-09613-7






















