En los últimos años, investigaciones en el campo de la epigenética han comenzado a revelar información impactante sobre distintas formas de violencia. En esta línea, algunos autores identificaron que las experiencias de abuso podrían dejar huellas biológicas persistentes en el organismo. Dicho enfoque, plantea nuevas preguntas sobre cómo el trauma se inscribe en la salud física y mental de quienes lo padecen, e incluso en generaciones futuras. A continuación, exploramos los hallazgos más recientes de un estudio sobre la relación entre violencia basada en género y modificaciones en los genes.
Más que un trauma psicológico
Durante décadas, el estudio de la violencia de género se ha centrado en sus consecuencias psicológicas, sociales y conductuales. Por ello, hoy en día sabemos que dicho fenómeno es capaz de derivar en trastornos mentales, como depresión, ansiedad o trastorno de estrés postraumático (TEPT), así como también, impactar en la salud física, favoreciendo enfermedades crónicas o envejecimiento prematuro. Sin embargo, en los últimos años comenzó a explorarse una nueva dimensión: la biología molecular.
Epigenética: Una nueva forma de entender el daño

La epigenética estudia los cambios en la expresión génica que no alteran el ADN, pero que pueden ser inducidos por el entorno, como el estrés o el trauma. Estos cambios (como la metilación del ADN) modifican funciones clave del organismo.
Inclusive, en algunos casos, llegan a transmitirse a generaciones futuras. Desde la presente perspectiva, el daño producido por la violencia podría quedar grabado a nivel biológico.
¿Qué buscó la revisión?
En la presente revisión narrativa, un equipo de investigadores italianos recopiló estudios que exploran la relación entre violencia de en género, maltrato infantil y cambios epigenéticos. El objetivo fue sintetizar los principales hallazgos sobre cómo el trauma puede dejar huellas biológicas persistentes, no solo en las personas expuestas, sino también en su descendencia.
Para ello, analizaron evidencia sobre genes implicados en el estrés, la salud mental y el envejecimiento biológico. La búsqueda incluyó estudios retrospectivos, prospectivos y transversales, seleccionados por su relevancia temática.
La genética está implicada en el trauma
Al observar los resultados, los autores confirmaron su hipótesis: es posible que las experiencias de violencia generen alteraciones epigenéticas duraderas. Concretamente, se trata de cambios que afectan la respuesta al estrés, y han sido vinculados tanto a trastornos psicológicos, como al envejecimiento acelerado.
Asimismo, las participantes que experimentaron violencia basada en género, presentaron alteraciones en genes relacionados con la regulación emocional y la memoria. Entre dichos genes, se destacan algunos como BDNF, IGF2 y DRD2, todos implicados en procesos cognitivos y de adaptación al estrés.

Además, en sobrevivientes de abuso sexual, se detectaron alteraciones en genes como BRSK2 y ADCYAP1, que intervienen en la regulación neuronal y en el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HPA), fundamental en la respuesta fisiológica ante eventos traumáticos.
Trastornos y trauma: Nuevas explicaciones
El trauma no solo se asocia con TEPT, sino también con trastornos como la depresión o los trastornos de ansiedad. Siguiendo esa línea, en mujeres jóvenes con antecedentes de abuso sexual, pudo observarse una mayor metilación del gen MAO, clave en la metabolización de neurotransmisores como la serotonina.
El mencionado patrón fue estable incluso al controlar variables como el consumo de alcohol o psicofármacos. A su vez, el gen NR3C1 (que regula el receptor de glucocorticoides), mostró alteraciones consistentes en víctimas de violencia, sugiriendo un posible vínculo entre trauma, regulación hormonal y vulnerabilidad emocional.
Maltrato infantil: Impactos duraderos
Por otra parte, el abuso en la infancia deja una huella especialmente persistente. La revisión señala una fuerte asociación entre el grado de maltrato y la metilación del gen NR3C1, en un patrón dependiente de la severidad y frecuencia del abuso.
También se identificaron cambios en el transportador de serotonina (5HTT), relacionados con una mayor probabilidad de desarrollar conductas antisociales en la adultez. Los hallazgos descritos proponen que ciertos circuitos neurobiológicos, quedarían alterados desde etapas muy tempranas del desarrollo.
El reloj biológico se acelera: Epigenética y envejecimiento
Una línea especialmente novedosa de los estudios revisados, es la que relaciona el trauma con el envejecimiento epigenético acelerado, medido a través de relojes biológicos. Concretamente, las mujeres expuestas a violencia (en especial durante la niñez), presentaron una edad biológica mayor a la cronológica.
Lo anterior, guarda relación con un mayor riesgo de enfermedades crónicas, deterioro cognitivo y problemas reproductivos. Adicionalmente, factores como la menarquia precoz podrían actuar como indicadores tempranos de la mencionada disfunción, vinculada a alteraciones del eje HPA.
¿Una huella que se hereda? Epigenética y trauma intergeneracional

Otro aspecto indagado en la revisión, abarcó los efectos epigenéticos del trauma en la descendencia. Así, los autores hallaron alteraciones en genes como NR3C1, BDNF y CLPX en bebés cuyas madres atravesaron violencia basada en género durante el embarazo.
En algunos casos, dichos cambios parecían conferir mayor vulnerabilidad; en otros, curiosamente, cierto perfil epigenético podría relacionarse con mecanismos de resiliencia. De ese modo, aunque aún son preliminares, los hallazgos refuerzan la idea de que el trauma deja una huella biológica que trasciende a quien lo vivió directamente.
¿Hubo limitaciones?
Pese a sus importantes resultados, la revisión señala ciertas limitaciones a destacar. Las principales, abarcan muestras pequeñas, métodos diversos y dificultad para controlar variables como el contexto social o la salud mental previa. Además, aún no hay consenso sobre los mejores métodos para detectar dichas modificaciones. En definitiva, se necesita más investigación para traducir estos hallazgos en aplicaciones clínicas efectivas.
Un llamado a mirar más allá
En definitiva, si bien ya se conocían los efectos psicológicos de la violencia basada en género, aún queda mucho que aprender acerca de sus efectos sobre lo biológico. De tal manera, comprender cómo el trauma altera la expresión génica abre nuevas perspectivas para el abordaje clínico.
Dicho conocimiento invita a repensar las estrategias de diagnóstico, prevención e intervención, y, aunque la evidencia aún es incipiente, el enfoque epigenético permite pensar en tratamientos personalizados y políticas más integrales para una problemática urgente y compleja. La ciencia, en este caso, no solo ayuda a entender el daño, sino también a imaginar caminos para su reparación. Para profundizar en los fundamentos conceptuales y clínicos de la violencia basada en género y entrenar estrategias de acompañamiento, te invitamos a nuestro curso Violencia basada en género: Herramientas clínicas de intervención sensible al trauma.
Referencia bibliográfica
- Li Piani, L., Somigliana, E., Micci, L. G., Spinelli, G. y Barbara, G. (2024). Going Beyond Childhood and Gender-Based Violence: Epigenetic Modifications and Inheritance. Women’s health reports (New Rochelle, N.Y.), 5(1), 473-484. https://doi.org/10.1089/whr.2024.0010





















