Durante toda mi vida fui, sin lugar a dudas, team gatos. Crecí con gatitas adoptadas de la calle. Mi mamá elegía los nombres: Adela, Doña Sol, mujeres que habitan las obras de Federico García Lorca. En algún momento, quizás cuando las nieves del tiempo platearon mi sien, empecé a enternecerme con los perros. Hoy puedo decir que uno de mis sonidos favoritos es el golpe rítmico, constante, sonante, de la cola contra los muebles; un llamado a la ternura de ser acariciados.
Border Collie: Los genios del mundo canino
Empecé a observar, con más detenimiento y curiosidad, la conducta canina. Conocí a Eduardo Polín, un conductista que convive con un Border Collie, Darwin, y encontré una raza extraordinaria si uno quiere explorar los límites del aprendizaje perruzco.
Estos bichitos (como les decimos amorosamente en casa) no son simplemente inteligentes. Si tienen la suerte de estar cerca de uno, atiendan la manera en que detectan movimiento y fijan la vista, casi hipnóticamente, sobre lo que ellos adopten como oveja. En algunos estudios sobre cognición canina, los border collie suelen destacarse en aprendizaje de señales humanas, memoria de trabajo y discriminación verbal. El caso más conocido es Chaser, estudiada por John Pilley, que aprendió a discriminar más de mil palabras (Pilley y Reid, 2011).
La conducta desde una perspectiva evolutiva

Vamos a darle una vuelta. Desde una perspectiva conductual más amplia, podemos interpretar que esta habilidad es un proceso de selección filogenética. B. F. Skinner (1981) propuso que la conducta se selecciona en tres niveles: filogenético, ontogenético y cultural.
El nivel filogenético refiere a patrones que aumentaron la probabilidad de supervivencia y quedaron incorporados como predisposiciones conductuales. Hoy este debate está ampliado y complejizado, pero por ahora quedémonos con esta idea: la conducta humana y animal también atraviesa procesos de selección natural.
Selección artificial y predisposición
En el caso del border collie, generaciones de selección artificial* (esto es importante, hubo experimentación) reforzaron individuos con alta sensibilidad al movimiento, persistencia atencional y fuerte motivación de control del rebaño. Esa historia evolutiva no determina todas y cada una de sus conductas, pero sí inclina la balanza.
Tinbergen (1963) sostuvo que para comprender una conducta debemos analizar su función adaptativa y su historia evolutiva, no solo sus mecanismos inmediatos. El aprendizaje no ocurre en un vacío; el concepto de preparedness indica que algunas asociaciones se adquieren con mayor facilidad porque están biológicamente preparadas (Seligman, 1971). Un organismo no aprende cualquier cosa con la misma probabilidad. Podemos decir que aprende más fácilmente aquello para lo que su historia evolutiva lo ha predispuesto.
Siento que tengo un border collie en la cabeza
Aquí aparece mi analogía* (2): mi ecosistema psicológico es extraordinariamente hábil para fijarse en algo. Un error, un peligro, un riesgo, un obstáculo, con la capacidad intertemporal e interespacial de ubicarse en el futuro o en el pasado, en Argentina o en Marte. Si algo empieza a moverse, real o imaginariamente, se convierte en una oveja a pastorear infinitamente. Lo mismo que el border collie; si no es una oveja, será una pelota, un humano o un auto, pero el repertorio conductual se repetirá.

Cuando el pensamiento se queda atrapado
El concepto más cercano a esto es lo que llamamos rumia. La rumia es un pensamiento repetitivo, una conducta verbal encubierta que, desde la terapia de aceptación y compromiso, puede ser una estrategia para intentar reducir o evitar el malestar interno, una forma de control experiencial (Hayes, 2012). Por ejemplo, Susan Nolen-Hoeksema (2000) mostró que la rumia prolonga y agrava los episodios depresivos al mantener activo el foco atencional sobre el problema sin generar acción efectiva. En ese sentido, puede ser cosa seria rumiar y no identificarlo.
Dicho lo anterior, podemos decir que usualmente la rumia se mantiene por reforzamiento negativo*(3). Pensar repetidamente sobre un problema da la sensación momentánea de estar haciendo algo para resolverlo, lo que reduce la ansiedad a corto plazo y mantiene el ciclo (Skinner, 1953).
Un cerebro diseñado para detectar peligro
Desde una perspectiva neurocognitiva, podemos decir que la atención se organiza en redes dinámicas que priorizan estímulos relevantes; al parecer, aprendemos que los estímulos son importantes según repetición y carga emocional (Posner y Rothbart, 2007). Por eso, cuanto más miramos algo, más presente se vuelve.
Al igual que los perros, también nosotros llegamos al mundo con sistemas atencionales moldeados por millones de años de selección natural. Al parecer, hay dos grandes miedos ancestrales o dos grandes dominios de amenaza (Beck, 1979):
- Que nos coma un tigre dientes de sable (daño físico)
- Y ser expulsados de la tribu (exclusión social).
Estos miedos configuraron el desarrollo de la especie y configuran la cultura de hoy; basta imaginar la importancia que tienen los likes y los seguidores de tus redes sociales, por ejemplo.
Volvamos otra vez a la analogía
El border collie de mi cabeza tiene sus propias ovejas: equivocarme en sesión, caerle mal a alguien, no ser buen amigo, que se muera la gente que amo, enfermarme, etc. Cuando me di cuenta, pasé minutos, horas e incluso días sobreanalizando lo ocurrido y lo por ocurrir.
Ahora bien, esta capacidad de prestar atención a amenazas y ambigüedades para mí ya no es una condena, es una habilidad. Cuando entiendo que tiene su sentido evolutivo, pero también contextual, es entonces cuando puedo empezar a modificar contingencias, ampliar repertorios, diversificar nuestras fuentes de reforzamiento.
El problema no es tener un border collie intenso, es qué le doy para pastorear.
Notas
*(1) No estoy de acuerdo con la experimentación animal, sobre todo aquella que simplemente tiene fines estéticos.
(2) Gracias a la Doctora Fernández, investigadora del Conicet, me corrigió que no era una metáfora.
(3) Esto es una generalidad temeraria; cada conducta requiere su propio análisis funcional.
Referencias bibliográficas
- Beck, A. T. (1979). Cognitive therapy and the emotional disorders. International Universities Press.
- Hayes, S. C. (2012). Acceptance and commitment therapy: The process and practice of mindful change (2nd ed.). Guilford Press.
- Nolen-Hoeksema, S. (2000). The role of rumination in depressive disorders and mixed anxiety/depressive symptoms. Journal of Abnormal Psychology, 109(3), 504–511. https://doi.org/10.1037/0021-843X.109.3.504
- Pilley, J. W. y Reid, A. K. (2011). Border collie comprehends object names as verbal referents. Behavioural Processes, 86(2), 184–195. https://doi.org/10.1016/j.beproc.2010.11.007
- Posner, M. I. y Rothbart, M. K. (2007). Research on attention networks as a model for the integration of psychological science. Annual Review of Psychology, 58, 1–23. https://doi.org/10.1146/annurev.psych.58.110405.085516
- Seligman, M. E. P. (1971). Phobias and preparedness. Behavior Therapy, 2(3), 307–320. https://doi.org/10.1016/S0005-7894(71)80064-3
- Skinner, B. F. (1953). Science and human behavior. Macmillan.
- Skinner, B. F. (1981). Selection by consequences. Science, 213(4507), 501–504. https://doi.org/10.1126/science.7244649
- Tinbergen, N. (1963). On aims and methods of ethology. Zeitschrift für Tierpsychologie, 20(4), 410–433. https://doi.org/10.1111/j.1439-0310.1963.tb01161.x





















