La preocupación por el desempeño mental es cada vez más habitual y atraviesa consultas de muy distinto perfil. Es frecuente que las personas acudan a un profesional porque sienten fallas en la memoria, la atención o la concentración. Tales quejas cognitivas son interpretadas como señales tempranas de deterioro. Sin embargo, la evidencia cuestiona hasta qué punto las percepciones sobre nuestra mente coinciden con las mediciones profesionales. A continuación, revisaremos un metaanálisis reciente que aborda las quejas cognitivas, el riesgo de deterioro y qué implicaciones tiene para la práctica profesional.

Entre la experiencia interna y la medición estandarizada

quejas cognitivas y deterioro

Las quejas cognitivas han sido, desde hace años, un insumo central en la consulta neuropsicológica. Condensan la experiencia subjetiva de olvidar detalles importantes o de sentir que la mente no responde como antes. Tales descripciones capturan la vivencia de la persona, el malestar asociado y el impacto en la vida diaria. Para muchos pacientes, es el punto de partida de la consulta y el principal motivo de preocupación.

En paralelo, las mediciones basadas en desempeño aportan un lenguaje distinto: permiten estimar memoria, atención, funciones ejecutivas y otros dominios con criterios normativos. Tradicionalmente, ambas fuentes han sido consideradas complementarias, bajo la expectativa de que describan un mismo fenómeno desde ángulos diferentes. No obstante, la relación entre dichos fenómenos ha sido objeto de debate sostenido en la literatura especializada.

Un análisis a gran escala para un problema complejo

Para abordar esta tensión entre experiencia y medición, el trabajo integra 50 revisiones y metaanálisis realizados en poblaciones muy diversas, desde personas sin ningún diagnóstico hasta pacientes con cuadros psiquiátricos, enfermedades neurológicas y otras condiciones médicas. De esta forma, busca identificar patrones transversales más allá de diagnósticos específicos.

Su pregunta central es simple, pero crucial: ¿en qué medida las percepciones de fallas cognitivas coinciden con el desempeño medido mediante herramientas estandarizadas? Aunque en la práctica suele asumirse que ambas fuentes deberían converger, la evidencia reunida manifiesta que ese paralelismo es mucho menos directo.

Cuando la convergencia es la excepción y no la regla

En lo que respecta a los resultados, el estudio muestra un patrón sólido: la coincidencia entre lo reportado por las personas y lo observado en las evaluaciones es escasa y poco estable. Dicho de otra forma, ambos tipos de información parecen operar en planos distintos, que rara vez se superponen de forma significativa.

Sin embargo, la falta de correspondencia no se explica únicamente por errores metodológicos ni por déficits de insight, como se asumía tradicionalmente. Por el contrario, las medidas subjetivas se vinculan con mayor fuerza a estados emocionales, malestar psicológico y experiencias cotidianas de sobrecarga, mientras que los cuestionarios capturan principalmente eficiencia cognitiva en contextos estructurados y de desempeño óptimo.

En el ámbito clínico, significa que alguien podría atravesar muchos obstáculos en su vida diaria y, sin embargo, rendir dentro de la normalidad en los protocolos de medición. Incluso, podría ser al revés: mostrar alteraciones marcadas en las evaluaciones sin percibir mayores problemas en su rutina.

El peso del estado de ánimo

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Las preocupaciones sobre la memoria y la atención se relacionan de manera estable con el estado afectivo. En casi todos los grupos analizados, síntomas como depresión, ansiedad, estrés o fatiga mostraron una asociación constante con el aumento de tales percepciones de dificultad. Mientras tanto, la correspondencia con el desempeño en tareas formales fue débil o inexistente.

Lo anterior indica que las percepciones operan más según el malestar interno y la manera de experimentar la vida que como una señal directa de un deterioro neurocognitivo objetivable. Por eso, en la clínica, indagar en ello sin explorar el estado de ánimo implica ver solo una parte del cuadro y podría llevar tanto a sobredimensionar riesgos como a pasar por alto un componente afectivo central.

¿Predicen deterioro futuro estas quejas?

La revisión señala que, en la mayoría de los grupos adultos, el valor pronóstico es limitado. Sin embargo, hay un matiz relevante en personas mayores. Algunos estudios longitudinales encontraron que, en un subgrupo de adultos mayores, las quejas persistentes se asocian con una mayor probabilidad de presentar un deterioro con el paso del tiempo.

Cabe destacar que lo anterior no significa que toda persona preocupada por su memoria vaya camino a una demencia. Más bien, indica que, en contextos específicos y en combinación con otros datos, las quejas cognitivas podrían funcionar como un dato adicional en los factores de riesgo. La clave está en no absolutizar este hallazgo ni extrapolarlo indiscriminadamente a toda la población.

Dos modos de evaluar la cognición que se necesitan mutuamente

Si algo queda claro a partir de esta revisión es que basarse solo en una de las dos fuentes de información empobrece el análisis. Las quejas cognitivas permiten conocer cómo la persona vive sus fallas, cuánto le preocupan y qué consecuencias percibe en su autonomía. A la vez que las evaluaciones permiten identificar alteraciones sutiles, incluso cuando el paciente no refiere dificultades.

El valor real aparece cuando se integran ambas dimensiones en una formulación clínica sólida. Una elevada preocupación con un desempeño conservado podría orientar la mirada hacia factores afectivos, rasgos de personalidad, estrés o hábitos de sueño. Un perfil de test alterado sin quejas relevantes, en cambio, obliga a considerar falta de conciencia del déficit, adaptaciones funcionales silenciosas o cambios observados solo por el entorno.

Fortalezas y límites de la evidencia actual

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Como primer punto, cabe mencionar que muchos trabajos informan poco sobre variables sociodemográficas clave, limitando la generalización y precisión sobre qué grupos tienen conclusiones más sólidas.

En segundo lugar, también persiste el riesgo de que la heterogeneidad entre estudios —en diseños, criterios diagnósticos y formas de medir lo subjetivo y objetivo— introduzca distorsiones difíciles de cuantificar. A pesar de ello, la convergencia de los hallazgos respalda con fuerza la idea de que se trata de dos constructos que, aunque relacionados, capturan dimensiones distintas de la cognición.

Un cambio de enfoque para el ámbito profesional

Para resumir, estas percepciones subjetivas no deberían interpretarse como un reflejo directo del funcionamiento cerebral, sino como un punto de encuentro entre emociones, historia personal, demandas del entorno y experiencias subjetivas. Más que apresurarse a traducirlas en deterioro, conviene indagar qué expresan sobre el momento vital de la persona.

Para los profesionales, el desafío consiste en integrar lo escuchado con lo medido. Es decir, atender cuidadosamente el relato, analizar los perfiles de desempeño, considerar el estado afectivo y articular estos elementos dentro de una mirada centrada en la persona.

Referencia bibliográfica

  • Van Patten, R., Mulhauser, K., Austin, T. A., Bellone, J. A., Cotton, E., Chan, L., Twamley, E. W., Sawyer, K. y LaFrance, W. C. (2025). The association between subjective and objective cognitive functioning from a transdiagnostic perspective: An umbrella review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 121, 102648. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102648