Durante décadas, la clasificación de la psicopatología se sostuvo en un enfoque categorial que, si bien aportó un marco común para la práctica clínica, evidenció límites importantes para captar la complejidad de los perfiles de personalidad. Frente a esta situación, el modelo dimensional se consolida como una propuesta orientada a describir perfiles de rasgos y niveles de severidad, en lugar de evaluaciones cerradas para los trastornos de personalidad. A partir de una revisión teórica reciente, esta nota recorre los principales avances, debates conceptuales y desafíos que aún atraviesan dicho cambio de paradigma.
¿Por qué cuestionar el modelo categorial clásico?

Hasta hace pocos años, la clasificación de los trastornos de la personalidad se apoyaba de forma predominante en un enfoque categorial. Aunque brindó un lenguaje común para la práctica clínica y la investigación, acumuló objeciones relevantes con el paso del tiempo. Entre las más señaladas se encuentran el solapamiento diagnóstico, la definición arbitraria de los puntos de corte y una validez empírica limitada.
Asimismo, se le suma la dificultad para dar cuenta de la complejidad y heterogeneidad de los perfiles clínicos observados en la práctica. Tal aspecto resulta clave para lograr una clasificación más precisa y conceptualmente coherente. Estas tensiones impulsaron la necesidad de revisar los fundamentos del sistema y abrieron paso a un cambio de paradigma hacia propuestas dimensionales. Las mismas se orientaron a describir la psicopatología de la personalidad de manera más continua, flexible y ajustada a la variabilidad individual.
El modelo dimensional
El enfoque dimensional introduce un cambio sustancial respecto del esquema categorial, al priorizar la evaluación de rasgos y niveles de severidad por sobre diagnósticos cerrados. Esta lógica permite describir las características de la organización psicológica de forma continua, captando matices que suelen quedar diluidos en sistemas dicotómicos. Como resultado, favorece una representación más ajustada de la variabilidad clínica y facilita el reconocimiento de perfiles que no encajan de manera estricta en categorías tradicionales.
Así, dicha propuesta, además de fortalecer la validez diagnóstica en la clasificación de los trastornos de la personalidad, también amplía la utilidad práctica. Lo anterior, puesto que ofrece un andamiaje conceptual más flexible para comprender y abordar configuraciones complejas de la psicopatología del funcionamiento psicológico.
El enfoque alternativo del DSM-5

El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, quinta edición (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition, DSM-5, en inglés) introdujo un enfoque alternativo de rasgos. El mismo se alinea con el Modelo de los Cinco Grandes (Five Factor Model, FFM, en inglés), aunque operacionalizado a partir de sus variantes desadaptativas.
Problemas en la organización y cobertura
De tal modo, dominios como la afectividad negativa, el desapego, el antagonismo, la desinhibición y el psicoticismo pueden entenderse como expresiones disfuncionales de rasgos ampliamente estudiados.
Ellos son el neuroticismo, la extraversión, la amabilidad, la responsabilidad y la apertura a la experiencia. No obstante, a pesar de su sustento empírico, la propuesta ha recibido objeciones relevantes, como limitaciones en la cobertura de determinados aspectos clínicamente relevantes y la ausencia de criterios claros para el establecimiento de la afectación significativa.
Uno de los puntos más debatidos refiere a la ubicación de la depresividad y la suspicacia dentro del dominio del desapego. Tal decisión ha sido cuestionada por investigaciones que las asocian con mayor coherencia a la afectividad negativa y al antagonismo, respectivamente. A estas objeciones se suma una cobertura insuficiente de ciertos perfiles clínicos, en particular aquellos vinculados al trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad, cuya caracterización resulta limitada en ausencia de un dominio específico de compulsividad.
Complejidad clínica y dificultades de aplicación
Por otra parte, la complejidad del enfoque ha sido una preocupación recurrente. Algunos estudios indican que la falta de familiaridad puede generar dificultades en su implementación efectiva. Además, la ausencia de puntos de corte claros para determinar cuándo un rasgo alcanza un nivel clínicamente significativo introduce incertidumbre en el proceso de evaluación. Este aspecto pone de manifiesto un desafío clave en la clasificación de los trastornos de la personalidad, ya que la falta de criterios claros afecta la consistencia y precisión del diagnóstico en el modelo dimensional.
El modelo dimensional en la CIE-11

Por su parte, la Clasificación Internacional de Enfermedades, undécima edición (International Classification of Diseases, Eleventh Revision, CIE-11, en inglés) también adopta un enfoque dimensional para los trastornos de la personalidad, pero con diferencias notables respecto al DSM-5. En este apartado, compararemos ambos modelos, destacando sus similitudes y divergencias.
Evaluación basada en severidad
La CIE-11 introduce una estrategia de clasificación centrada en la evaluación de la severidad del funcionamiento psicológico. La misma es entendida como el grado de afectación en áreas centrales como la identidad, las relaciones interpersonales y la regulación emocional, que van desde presentaciones leves hasta configuraciones más severas y persistentes.
Falta de especificidad
Sin embargo, tampoco está exento de riesgos. La ausencia de facetas dentro de los dominios propuestos por la CIE-11 constituye una de las críticas más señaladas a este sistema. Al priorizar descripciones amplias de los rasgos, el esquema reduce su capacidad para capturar matices relevantes.
En contraste, el DSM-5 incorpora facetas específicas que permiten perfilar con mayor detalle las configuraciones individuales. Esta diferencia no es menor, ya que la menor especificidad dificulta la identificación de patrones particulares y obstaculiza la planificación de intervenciones terapéuticas ajustadas a las necesidades de cada perfil.
Un punto crítico: ¿El funcionamiento es el núcleo?
La interrogante acerca de si el funcionamiento de la personalidad constituye el núcleo del trastorno ocupa un lugar central en el debate actual. Diversas investigaciones han señalado que las alteraciones en áreas como la identidad, la regulación emocional y las relaciones vinculares se asocian de manera consistente con algunos cuadros, en particular con el trastorno límite de la personalidad.
No obstante, dicha relación no se replica con la misma intensidad en todos los diagnósticos. En otros trastornos, los déficits en el funcionamiento muestran vínculos más débiles o heterogéneos, lo que pone en cuestión la idea de un núcleo común basado exclusivamente en el funcionamiento de la personalidad. Este desacople sugiere la necesidad de considerar enfoques más integradores y articuladores dentro de la clasificación.
El enfoque dimensional como marco en construcción
El avance de los modelos dimensionales ha introducido cambios sustantivos en la comprensión de los trastornos de la personalidad, al desplazar el énfasis desde categorías rígidas hacia la evaluación de rasgos, severidad y funcionamiento. Tanto el DSM-5 como la CIE-11 reflejan este giro, aunque mediante propuestas diferentes que combinan aportes relevantes con desafíos aún no resueltos.
En ese contexto, el desafío consiste en avanzar hacia una clasificación que logre equilibrar precisión conceptual y utilidad clínica. Más que un punto de llegada, el enfoque dimensional se presenta como un marco en construcción, cuya consolidación dependerá de integrar de forma coherente la evidencia empírica con las demandas reales de la práctica y la investigación.
Referencia bibliográfica
- Widiger, T. A. y Smith, M. M. (2025). Personality disorders: Current conceptualizations and challenges. Annual Review of Clinical Psychology, 21(1), 169-192. https://doi.org/10.1146/annurev-clinpsy-081423-030513





















