¿Alguna vez escuchaste a alguien explicar una experiencia como obra del destino, de una energía invisible o incluso de fuerzas sobrenaturales? La relación entre creencias sobrenaturales y salud mental ha sido, durante siglos, un territorio ambiguo. En algunos contextos, han ofrecido simbolización, consuelo y una manera de explicar lo incierto. En otros, se las ha vinculado con miedo, ansiedad, sospecha o malestar psicológico. Sin embargo, muchas personas continúan interpretando experiencias a través de estos marcos. En la siguiente nota, evaluaremos la evidencia actual sobre bienestar, estrés y fuerzas sobrenaturales.
Entre demonios y cuadros mentales

La historia de la salud mental muestra que, durante mucho tiempo, los cuadros psicológicos fueron concebidos a través de explicaciones sobrenaturales. En la antigüedad, se atribuían a castigos divinos, posesiones demoníacas o fuerzas invisibles. Tales interpretaciones coexistieron con intentos tempranos de explicar la enfermedad desde una perspectiva naturalista, vinculándola al cuerpo y al cerebro.
Comprender esta historia permite ver que las creencias sobrenaturales no son solo ideas aisladas, sino marcos que ayudan a procesar experiencias difíciles o inciertas. En muchos casos ofrecen una narrativa que da sentido al dolor o a la pérdida de control. Sin embargo, también suelen favorecer interpretaciones amenazantes del mundo cuando se vinculan con ideas de persecución o peligros invisibles (Salaverry, 2012).
A veces, creer en algo también angustia
Cabe destacar que la investigación contemporánea sugiere que no todas las creencias sobrenaturales se relacionan de la misma manera con el bienestar psicológico. En particular, las ideas basadas en el mal sobrenatural se han asociado con mayores niveles de ansiedad y paranoia. Es decir, cuando una persona interpreta la realidad en términos de fuerzas malignas o amenazas invisibles, el entorno se percibe como más inquietante, impredecible o potencialmente peligroso.
Dentro de los factores que modulan, los estudios muestran que su impacto se ve influenciado según el tipo de vínculo religioso que tenga la persona. Para ilustrar, una relación segura con Dios podría actuar como un factor protector, reduciendo la asociación entre estas creencias y cuadros como la paranoia.
El papel del género en la experiencia religiosa

Siguiendo esta línea, la evidencia indica que el género podría modular la relación entre creencias sobrenaturales y salud mental. El efecto protector de la religión se observó especialmente en mujeres. Lo anterior sugiere que tales creencias operan dentro de trayectorias sociales, afectivas y culturales que también están atravesadas por el género.
Esta diferencia no implica que hombres y mujeres crean de manera radicalmente distinta; se refiere a que el impacto subjetivo de esas creencias varía según los recursos emocionales disponibles y los estilos de afrontamiento. De esta manera, su efecto depende del contexto subjetivo en que se inscriba (Jung, 2020).
Vivencias paranormales, estrés y quejas somáticas
Un estudio con más de tres mil participantes encontró que la creencia en fenómenos paranormales se relaciona con mayores niveles de estrés percibido y más quejas somáticas, como cansancio, molestias físicas o sensación de malestar corporal. A primera vista, dicho hallazgo podría sugerir que creer en lo paranormal empeora el bienestar. Pero el asunto, otra vez, es bastante más complejo.
Los autores observaron que este vínculo se vuelve especialmente relevante cuando las creencias paranormales aparecen junto con ciertos rasgos cognitivo-perceptivos, como experiencias inusuales, desorganización cognitiva o rasgos asociados a experiencias maníacas y depresivas. El riesgo parece surgir cuando se combinan con una mayor sensibilidad psicológica y dificultades para diferenciar pensamientos internos de la realidad.
Ojo, no todos los creyentes son iguales

Uno de los aportes más valiosos de esta línea de investigación es cuestionar la idea de que todas las personas que sostienen creencias paranormales conforman un grupo homogéneo. No es lo mismo creer en la vida después de la muerte como manera de elaborar una pérdida, que interpretar señales cotidianas como pruebas de amenazas invisibles. Tampoco es lo mismo tener una espiritualidad flexible y simbólica que sostener convicciones rígidas que alteran de forma intensa la percepción del entorno.
Desde una mirada clínica o psicoeducativa, no se trata de etiquetar toda creencia sobrenatural como patológica. La evidencia apunta a algo más fino: ciertas convicciones podrían convivir con un buen nivel de ajuste, mientras que otras se vuelven problemáticas cuando se integran con estilos cognitivos que favorecen la confusión, la vigilancia excesiva o la interpretación amenazante de la experiencia (Dagnall, 2022).
El impacto psicológico de lo que creemos
Para sintetizar, la relación entre creencias sobrenaturales y salud mental no admite respuestas simples. Ni todas protegen, ni todas dañan: lo decisivo parece estar en el modo en que se articula con la subjetividad, la historia personal y el funcionamiento psicológico de cada sujeto.
Pensar este tema invita a realizar una pregunta que sigue siendo profundamente actual: ¿cuándo una creencia ayuda a dar sentido a la experiencia y cuándo empieza a intensificar el sufrimiento? Tal vez la respuesta no esté solo en lo que una persona cree, sino en cómo dichas ideas moldean su forma de habitar el mundo, vincularse con los demás y enfrentar aquello que no logra controlar.
Referencias bibliográficas
- Dagnall, N., Denovan, A., Drinkwater, K. G. y Escolà-Gascón, Á. (2022). Paranormal belief and well-being: The moderating roles of transliminality and psychopathology-related facets. Frontiers in Psychology, 13, 915860. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2022.915860
- Jung, J. H. (2020). Belief in supernatural evil and mental health: Do secure attachment to God and gender matter? Journal for the Scientific Study of Religion, 59(1), 141-160. https://doi.org/10.1111/jssr.12645
- Salaverry, O. (2012). La piedra de la locura: inicios históricos de la salud mental. Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Pública, 29(1), 143-148.





















