La culpa es, en principio, una emoción discreta. Aparece cuando sentimos que hemos vulnerado un valor propio o ajeno y empuja a reparar el daño. Es un mecanismo de regulación moral y social finamente calibrado. El problema comienza cuando ese sistema deja de funcionar como brújula y empieza a operar como sirena de alarma permanente. Entonces, lo que era una emoción moral se fusiona con la ansiedad y la persona vive en una especie de hipervigilancia ética. Miedo a equivocarse, miedo a dañar, miedo a decepcionar, miedo a no ser suficientemente buena persona… Veamos más esto.

¿Cómo lo llamamos?

culpa en ansiedad

Este fenómeno suele presentarse comopreocupación excesiva”, “rumiación”, “miedo a hacer daño”, “obsesiones morales” o la sensación persistente de “haber hecho algo mal” sin poder precisar qué. Lo que subyace, en muchos casos, es una organización de la experiencia donde la culpa (real, anticipada o imaginada) ocupa el centro de gravedad.

Estudios recientes que examinan la fisiología y la neuroimagen de la culpa han identificado activación en regiones como la ínsula y el cíngulo anterior (áreas que la literatura independiente vincula también a la saliencia emocional y a la detección de amenaza) (Stewart et al., 2023). Asimismo, en análisis de conectividad funcional, se han descrito patrones específicos asociados a la autoacusación maladaptativa (Zareba et al., 2024)

Ahora, la culpa no es solo un acompañante ocasional de la ansiedad, sino un organizador silencioso de cómo la persona percibe el peligro, se atribuye responsabilidad y se anticipa al futuro.

Culpa “señal” y culpa “clima”: Dos formas de organizar la experiencia

Tradicionalmente se ha distinguido entre culpa adaptativa y culpa patológica, pero la investigación reciente obliga a otra mirada. La culpa funcional se define por ciertas características cualitativas.

Culpa funcional

  • Es específica: se vincula a un acto concreto (“dije algo hiriente”) y no a una identidad global defectuosa.
  • Es proporcional: la intensidad emocional guarda relación con la magnitud de la transgresión.
  • Es transitable: abre posibilidades de reparación, no congela a la persona en la autoinculpación.
  • Es temporal: disminuye cuando se ha reparado o cuando se ha integrado el error.

En este formato, la culpa funciona como una señal, parecida al dolor físico, incómoda, pero informativa. Sintetiza un fallo, señala un valor vulnerado y propone un movimiento reparador.

Precisamente, la autoatribución de culpa puede tener efectos distintos según su cualidad, culparse por actos concretos y modificables se asocia con mejor ajuste que culparse por defectos estables del yo (Jannati et al., 2020). Es decir, hay formas de culpa que son casi un recurso regulatorio.

Culpa como clima afectivo

En el extremo opuesto emerge lo que podríamos llamar culpa clima, no señala un acto, sino que impregna la atmósfera interna de manera crónica. La persona ya no siente que “ha hecho algo mal”, es que “hay algo mal en ella” o que su presencia es, en sí misma, potencialmente dañina.

En esta configuración:

  • La culpa se desvincula del contexto: aparece incluso cuando no ha habido transgresiones objetivas.
  • Se amalgama con una responsabilidad sobredimensionada (“si algo sale mal, en algún nivel es culpa mía”).
  • Se vuelve anticipatoria: el foco no está solo en lo que pasó, sino en todos los posibles errores futuros.
  • Se funde con la ansiedad: el sistema de alerta deja de vigilar peligros externos para obsesionarse con el riesgo de ser culpable.

De hecho, la autoacusación generalizada (interna, estable, global) se asocia de manera consistente con mayor distress psicológico, incluyendo ansiedad y depresión. Esta culpa clima deja de ser un episodio afectivo para convertirse en un marco interpretativo, todo se lee en clave de culpa potencial.

De la emoción al circuito

Un trabajo reciente de Stewart y colaboradores exploró la psicofisiología de la culpa en adultos, combinando inducciones experimentales de culpa con medidas autonómicas y electrofisiológicas (Stewart et al., 2023). Sus resultados confirman algo que muchos pacientes describen, la culpa no es solo un pensamiento moral, es una experiencia visceral. Se observaron cambios en frecuencia cardiaca, variabilidad, conductancia de la piel y patrones específicos de activación en regiones como la corteza cingulada anterior y la ínsula.

En otras palabras, el cuerpo no distingue del todo entre un peligro físico y un peligro moral, ambas amenazas se inscriben en circuitos de alerta muy parecidos. De ahí que muchas personas con ansiedad describan la culpa como opresión en el pecho, nudo en la garganta o agitación motora. Su organismo está reaccionando como si estuviera ante un daño inminente, aunque el escenario sea una escena relacional recordada o anticipada.

Redes de culpa, redes de amenaza

Más allá de la respuesta autonómica, estudios de neuroimagen han comenzado a cartografiar las redes cerebrales implicadas en el procesamiento de la culpa. Zareba y colegas, mediante resonancia funcional y análisis de conectividad, identificaron que las formas maladaptativas de culpa (especialmente la autoacusación excesiva) se asocian con patrones específicos de conectividad en una red que incluye el lóbulo temporal anterior superior y diversas áreas fronto-subcorticales implicadas en los aspectos afectivos de la culpa (Zareba et al., 2024).

Lo relevante no es solo el mapa, es la convergencia, estas redes se solapan con circuitos clásicos implicados en la respuesta de amenaza y ansiedad, como:

  • La red de saliencia (ínsula, cingulado anterior), que decide qué estímulos merecen una respuesta de alarma.
  • La red por defecto, implicada en autorreferencia y rumiación.
  • La red fronto-límbica, que modula la intensidad y regulación de las respuestas emocionales.

Cuando el “estímulo” es una transgresión moral real o imaginada, estos circuitos se activan como si hubiera un peligro objetivo. El resultado es que la ansiedad deja de estar centrada en el entorno para quedar anclada en un escenario mental de culpa y autojuicio.

Propensión a la culpa y estilos de autoevaluación en la ansiedad

El campo de las emociones autoconscientes diferencia entre culpa disposicional (tendencia a sentir culpa) y vergüenza disposicional, y su relación con síntomas emocionales. El estudio de Oh y colaboradores ilustra bien este punto viendo cómo la vergüenza y la culpa mediaban la relación entre discrepancias del yo (entre el yo real y el yo ideal/obligatorio) y síntomas de depresión y ansiedad (Oh et al., 2023).

Gente que vive pidiendo perdón: Rasgos disposicionales

Sus resultados muestran que la vergüenza se vinculaba con mayor depresión y ansiedad cuando la persona se percibía lejos de su yo ideal. Y que la culpa, especialmente cuando se asociaba a discrepancias del “yo obligatorio” (“lo que debería ser”), se relacionaba con mayor ansiedad, pero de forma más matizada.

Este matiz es importante, pues no toda culpa protege. Las formas de culpa que se parecen a la vergüenza (difusas, globales, orientadas a defectos de carácter) se asocian con malestar ansioso significativo. En cambio, una culpa focalizada en conductas concretas y acompañada de posibilidad de reparación tiende a correlacionar con mejor ajuste interpersonal.

¿Tres perfiles?

culpa
  1. Culpa reparadora: malestar acotado, orientado a reparar, limitado en el tiempo.
  2. Culpa rumiativa: el mismo error se revisita indefinidamente, ampliando su significado hasta convertirlo en diagnóstico global (“si fuera mejor persona, no habría ocurrido”).
  3. Culpa anticipatoria: el foco ya no es el error pasado, sino la posibilidad de fallos futuros; aquí la ansiedad florece como preocupación crónica por “hacer daño sin querer”.

Los dos últimos perfiles son terreno fértil para la ansiedad, porque convierten la culpa en un hábito mental más que en una emoción situada.

Autoatribuciones, control y ansiedad

Volviendo a la revisión de Jannati et al. (2020), un eje central es el tipo de autoatribuciones que la persona realiza. No es lo mismo pensar “me equivoqué en esto, puedo mejorar” que “esto demuestra que soy irresponsable y siempre fallo a los demás”. Las autoatribuciones internas, estables (“siempre”) y globales (“en todo”) se asocian con mayor probabilidad de rumiación, incremento de ansiedad anticipatoria y mayor dificultad para perdonarse y flexibilizar la respuesta.

Desde los modelos cognitivos de la ansiedad, esto genera una paradoja estable, la persona se siente omnipotente en la culpa (“si algo ocurre, podría haberlo evitado”) pero impotente en el control real sobre las variables externas. El espacio entre ambas cosas se llena de preocupación, hipervigilancia y evitación.

Conclusión

Quizá la tarea más profunda sea ayudar a construir un modo de ser responsable sin vivir aterrorizado por la posibilidad de fallar. Ese punto intermedio (donde la culpa vuelve a ser brújula y deja de ser sirena) es, muchas veces, el lugar donde la ansiedad puede empezar a descansar.

Referencias bibliográficas

  • Jannati, Y., Nia, H. S., Froelicher, E. S., Goudarzian, A. H. y Yaghoobzadeh, A. (2020). Self-blame Attributions of Patients: a Systematic Review Study. Central Asian journal of global health9(1), e419. https://doi.org/10.5195/cajgh.2020.419
  • Oh, H., Lee, D. G. y Cho, H. (2023). The differential roles of shame and guilt in the relationship between self-discrepancy and psychological maladjustment. Frontiers in psychology14, 1215177. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2023.1215177
  • Stewart, C. A., Mitchell, D. G. V., MacDonald, P. A., Pasternak, S. H., Tremblay, P. F. y Finger, E. (2023). The psychophysiology of guilt in healthy adults. Cognitive, affective & behavioral neuroscience23(4), 1192-1209. https://doi.org/10.3758/s13415-023-01079-3
  • Zareba, M. R., Bielski, K., Costumero, V. y Visser, M. (2024). Graph analysis of guilt processing network highlights links with subclinical anxiety and self-blame. Social cognitive and affective neuroscience19(1), nsae092. https://doi.org/10.1093/scan/nsae092