Dormir mal no implica solo pasar una mala noche. Cuando las dificultades para conciliar o mantener el sueño persisten, el cansancio, la preocupación y el malestar diurno empiezan a ocupar cada vez más espacio. La terapia cognitivo-conductual es uno de los abordajes con mayor respaldo para tratar tales alteraciones, aunque algunas personas encuentran difíciles ciertas indicaciones, como restringir el tiempo en cama. Frente a ese escenario, la Terapia de Aceptación y Compromiso (Acceptance and Commitment Therapy, ACT, en inglés) para el insomnio aparece como una alternativa clínica relevante. ¿Qué tan eficaz resulta frente al tratamiento de referencia?

Cuando dormir deja de ser automático

ACT para el insomnio, terapia cognitivo-conductual

El insomnio crónico suele definirse por la presencia de dificultades para iniciar el sueño, mantenerlo durante la noche o despertar antes de lo deseado, aun cuando existen condiciones adecuadas para dormir. Además, esas dificultades deben acompañarse de malestar o deterioro durante el día y mantenerse durante varios meses. No hablamos, entonces, de una noche aislada de mal descanso. Se trata de un problema persistente que afecta la vida cotidiana.

Su impacto va más allá del cansancio. La literatura lo vincula con mayor riesgo de ansiedad, depresión, problemas cardiovasculares, obesidad, susceptibilidad a infecciones y mayor uso de servicios de salud. También repercute en la productividad, el ausentismo y la calidad de vida. Por eso, mejorar la calidad del reposo resulta imprescindible para recuperar el funcionamiento, la energía y el bienestar psicológico.

La TCC como tratamiento de referencia

La terapia cognitivo-conductual es considerada una intervención de primera línea para el insomnio. Su eficacia ha sido respaldada en múltiples estudios y suele incluir componentes como psicoeducación, higiene del sueño, control de estímulos y reestructuración de creencias disfuncionales. En términos simples, apunta a modificar conductas, hábitos y pensamientos que mantienen el problema.

Sin embargo, la eficacia no elimina todos los desafíos. Algunas personas no alcanzan remisión completa y otras tienen dificultades para sostener ciertas pautas conductuales. La restricción del sueño, por ejemplo, implica ajustar el tiempo en cama para mejorar la eficiencia del descanso, pero puede resultar exigente. Entonces, aquí aparece una pregunta clave: ¿Hay alternativas útiles para quienes necesitan otro modo de abordar este problema?

ACT para el insomnio

ACT para el insomnio, terapia cognitivo-conductual

Como ya hemos mencionado en otras notas, la ACT busca fortalecer la flexibilidad psicológica. Es decir, la capacidad de conectar con el presente, abrir espacio a experiencias internas difíciles y actuar en dirección a valores importantes. Aplicada al reposo, este modelo no coloca el foco principal en forzar el descanso, sino en reducir la pelea con los pensamientos, sensaciones y emociones asociadas a no dormir.

Muchas personas terminan atrapadas en una paradoja: cuanto más intentan controlar el sueño, más aumenta la vigilancia, la frustración y el esfuerzo por dormir. ACT trabaja justamente sobre ese circuito al observar lo que aparece, disminuir la lucha interna y reconectar con acciones valiosas, incluso cuando la noche no salió como se esperaba.

Un ensayo clínico con tres grupos

La presente investigación incluyó a 227 adultos con insomnio crónico. Los participantes fueron asignados aleatoriamente a uno de tres grupos: ACT, terapia cognitivo-conductual o lista de espera. Las intervenciones fueron grupales, online y tuvieron seis sesiones semanales de entre 90 y 120 minutos.

Ambos tratamientos compartieron psicoeducación e higiene del sueño. La diferencia estuvo en el núcleo terapéutico. El enfoque basado en aceptación trabajó defusión cognitiva, contacto con el momento presente, yo como contexto, valores y acción comprometida. En cambio, la otra se centró en restricción del descanso, control de estímulos y reestructuración de creencias sobre el descanso y sus efectos diurnos.

Dos terapias eficaces, con ritmos distintos

En primer lugar, los dos tratamientos redujeron de manera significativa los problemas del sueño. Las mejoras fueron amplias al finalizar las seis sesiones y continuaron durante el seguimiento a seis meses. La comparación directa, sin embargo, mostró un matiz importante. La terapia cognitivo-conductual obtuvo mejores resultados que ACT en la reducción del insomnio al finalizar el tratamiento y también en el seguimiento. La diferencia fue pequeña, pero favoreció al primer enfoque.

Ganar terreno con el paso del tiempo

ACT para el insomnio, terapia cognitivo-conductual

El dato más interesante aparece al mirar las tasas de respuesta y remisión. Al finalizar la intervención, la respuesta clínica fue mayor en la terapia cognitivo-conductual: 53% frente a 37%. La remisión también la favoreció, con 32% frente a 19%.

A los seis meses, la distancia entre ambas intervenciones dejó de ser significativa. ACT alcanzó un 48% de respuesta y un 27% de remisión, mientras que la otra llegó a 52% y 35% respectivamente. En otras palabras, esta última pareció producir mejoras más rápidas, mientras que la primera mostró una evolución más gradual y sostenida.

¿Por qué puede ser útil?

Una de las fortalezas clínicas de ACT para el insomnio es su orientación hacia la flexibilidad psicológica. En personas que viven pendientes de dormir, cada señal corporal, pensamiento o despertar nocturno puede transformarse en una amenaza. El enfoque ofrece herramientas para notar esas experiencias sin responder automáticamente con control, vigilancia o evitación.

Además, el trabajo con valores amplía el foco terapéutico. El objetivo no queda reducido a dormir mejor, aunque esa mejora importe mucho. También busca que la persona recupere actividades, vínculos y rutinas significativas, incluso mientras el sueño todavía mejora. Esa perspectiva resulta especialmente valiosa cuando las alteraciones en el reposo empiezan a organizar toda la vida alrededor de la noche.

Lo que conviene leer con cautela

Si bien los hallazgos son prometedores, no habilitan conclusiones absolutas. Las variables de sueño fueron evaluadas mediante autorreporte y diarios, sin medidas objetivas como la actigrafía. Además, la muestra estuvo integrada mayormente por mujeres blancas con alto nivel educativo, lo cual limita la generalización a poblaciones más diversas.

También hay que considerar la duración del protocolo. Seis sesiones pueden ser suficientes para observar cambios, pero en otros problemas clínicos suele aplicarse durante más tiempo. Futuros estudios deberán explorar si un tratamiento más extenso, individual o combinado con otros componentes produce efectos diferentes. La agenda de investigación, como toda buena agenda, ya viene con más pendientes que casillas tachadas.

Una alternativa con lugar propio

La terapia cognitivo-conductual continúa siendo el tratamiento de referencia para la problemática abordada. En esta investigación, mostró una ventaja inicial y mejores resultados inmediatos en la reducción de síntomas. Para muchas personas, sus componentes conductuales y cognitivos ofrecen un camino directo, estructurado y eficaz para recuperar el descanso.

Al mismo tiempo, ACT emerge como una opción clínica viable para el insomnio, especialmente cuando la lucha por dormir intensifica el malestar o cuando ciertas técnicas conductuales resultan difíciles de sostener. Su aporte, entonces, consiste en ampliar el repertorio terapéutico con una propuesta centrada en aceptación, valores y flexibilidad psicológica. Si te interesa conocer más sobre los enfoques contextuales y su aplicación en la clínica, te invitamos a nuestro curso en Terapias contextuales.

Referencia bibliográfica

  • El Rafihi-Ferreira, R., Hasan, R., Toscanini, A. C., Linares, I. M. P., Suzuki Borges, D., Brasil, I. P., Carmo, M., Lotufo Neto, F. y Morin, C. (2024). Acceptance and commitment therapy versus cognitive behavioral therapy for insomnia: A randomized controlled trial. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 92(6), 330–343. https://doi.org/10.1037/ccp0000881