El suicidio no solo marca el final de una vida, sino que su dolor se expande, dejando un impacto profundo en quienes lo rodean. Alrededor de 100 millones de personas experimentan cada año la pérdida de alguien por este medio, una vivencia profundamente dolorosa y con consecuencias psicosociales singulares. Los supervivientes de pérdida por suicidio, manifiestan cómo el duelo trasciende al acto concreto, estando presente incluso previo al suceso: en las señales, los silencios, los intentos por entender, intervenir o simplemente acompañar. En la siguiente nota, analizaremos un estudio reciente que propone una nueva forma de comprender las relaciones dentro de la trayectoria de un suicidio.

El suicidio en clave relacional: Voces de los supervivientes

A través de un enfoque fenomenológico, los autores de la investigación recolectaron relatos de personas que habían perdido a un ser querido por suicidio. Lejos de centrarse en los factores individuales del riesgo, el ensayo puso el foco en la dinámica relacional. De esta manera, el estudio se centró en cómo el suicidio fue tomando forma como posibilidad dentro de los vínculos, a menudo de manera silenciosa.

En ese proceso, la muerte comienza a vivirse como una opción legítima, en función de si el sufrimiento resulta o no tolerable. Los supervivientes relatan estas dinámicas relacionales a través de tres preguntas clave que estructuran el recorrido anterior al suicidio: “¿Puedo?”, “¿Lo haré?” y “¿Por qué?”.

¿Puedo hacerlo?: Cuando el dolor pide permiso

suicidio y relaciones

Se trata de la primera fase descrita en la trayectoria de un suicidio. La persona en riesgo parece estar preguntando implícitamente si puede morir, si su sufrimiento es legítimo, y si su deseo de dejar de existir sería aceptado por su entorno.

Los supervivientes describen esta etapa como una profunda sintonía emocional, en la que fueron testigos del sufrimiento del otro y, en ocasiones, lo compartieron. De hecho, algunos relataron haber sentido que, dadas las circunstancias, ellos mismos no habrían querido seguir viviendo.

En ese punto, aparecen también formas de comunicación no verbal, como códigos, símbolos o conductas repetidas, que funcionaban como señales implícitas de peligro. La relación se convierte, entonces, en un espacio de acuerdos implícitos sobre el malestar, su validez y la posibilidad (o no) de seguir sosteniéndolo.

¿Lo haré?: Avanzar hacia la posibilidad de morir

Según los relatos, una vez que dentro de las relaciones existe cierto reconocimiento al sufrimiento que justificaría al suicidio, se pasa a una segunda fase. Aquí, el foco pasa del permiso al acto. Allí, surgen nuevos comportamientos, algunos de riesgo o experimentación, como autolesiones, consumo, exploración de lugares o métodos. Tales conductas no siempre tienen la función de ser intentos claros de suicidio; no obstante, abren el camino a la posibilidad real de la muerte.

suicidio y relaciones

Esta fase se vive con una mezcla de tensión y alivio: por un lado, se presiente un cambio inminente; por otro, ya no hay tanta incertidumbre, porque el suicidio comienza a verse como una posibilidad concreta. Según relatan los supervivientes, este momento se acompaña de una vigilancia constante, así como de emociones intensas como la ira, la resignación o la pérdida de esperanza.

El desafío de encontrarle sentido a la muerte

Finalmente, la investigación describe una tercera fase: ¿Por qué?. Se trata de la búsqueda de sentido posterior al fallecimiento. La presente fase está caracterizada por el intento de comprender por qué sucedió, qué significado tuvo para quién murió, y cuál es ahora su propio lugar en esa historia.

Muchos de los entrevistados interpretan el suicidio como una especie de corrección del self. En otras palabras, como una forma de alinearse con una versión de sí mismos que ya no podía seguir viviendo en el mundo tal como estaba. Asimismo, para algunos, la elección del método o del lugar de la pérdida también adquiere un sentido simbólico.

No podemos olvidar mencionar las limitaciones

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En primer lugar, todos los participantes estaban relacionados con una misma organización de apoyo a personas en duelo por suicidio; por tanto, no se incluyeron voces de supervivientes que no formaran parte de estos grupos. En ese sentido particular, la falta de diversidad de perspectivas y contextos sociales o culturales es restringida.

Por otro lado, no debemos olvidar que estamos ante un análisis fenomenológico, cuyo foco está puesto en ofrecer una comprensión más rica y matizada de un fenómeno complejo, en este caso el suicidio. Sin embargo, debemos destacar que los resultados no buscan ser generalizables.

Implicancias para la atención clínica

Para concluir, a través del presente artículo, los autores buscaron ofrecer una nueva forma de comprender las trayectorias del suicidio desde sus relaciones sociales. Intentaron ampliar la mirada, incluyendo a los vínculos como un espacio donde la suicidabilidad se expresa, comparte, negocia y transforma. De lo anterior, se hace visible la necesidad de reconocer las comunicaciones paraverbales, como las señales corporales, los silencios y los acuerdos emocionales, como parte del lenguaje del suicidio. Más concretamente, lograrían enriquecer la evaluación de riesgo y la intervención.

Además, reconocer el testimonio de quienes sobreviven como fuente válida de información permite comprender mejor el proceso suicida. Ciertamente, integrar sus vivencias podría ayudar a mejorar las estrategias de prevención y posvención, apostando por una atención más empática, cuidadosa y ajustada a la complejidad de estas experiencias. Si quieres profundizar en estrategias para la prevención, evaluación, intervención y posvención, te invitamos a nuestro curso Prevención del suicidio: Herramientas clínicas de intervención.

Referencia bibliográfica

  • Ovox, S. M., Hultsjö, S., Wärdig, R. y Rytterström, P. (2025). May I, Will I and Why. A Shared Lifeworld in a Suicidal Trajectory – Told by Suicide Loss Survivors. International Journal of Mental Health Nursing, 34(2). https://doi.org/10.1111/inm.70020