La infancia es una etapa en la que las emociones se aprenden, en gran parte, a través de la observación y las interacciones cotidianas. Por eso, el modo en que madres, padres y cuidadores expresan sus miedos tiene un impacto decisivo en la forma en que los niños interpretan sus propias experiencias. En particular, el miedo parental, ya sea transmitido verbalmente o a través de gestos, ha sido señalado como un factor que incrementa el miedo a los síntomas ansiosos. Pero, ¿cómo se aprende este tipo de temor? A continuación, analizaremos los principales hallazgos de un metaanálisis reciente que indagó cómo el miedo parental influye en el desarrollo de la ansiedad infantil y su relevancia para la prevención temprana.

¿Qué se sabe hasta el momento?

Miedo parental y ansiedad infantil, trastorno de ansiedad en niños

A partir de los seis años, los niños comienzan a reconocer y etiquetar síntomas físicos como parte de su experiencia emocional. Más aún en el caso de emociones intensas como la tristeza y el miedo, o estados emocionales complejos como la ansiedad.

Sin embargo, no todos lo interpretan de la misma forma. Mientras que algunos los ven como señales pasajeras, otros los viven como amenazas, pudiendo derivar en temor intenso, conductas de evitación y cuadros complejos.

¿Por qué sucede?

Esta diferencia se explica, en parte, por lo que se conoce como “sensibilidad a la ansiedad”. Es decir, la creencia de que las propias sensaciones físicas relacionadas con la ansiedad (como palpitaciones, mareos o falta de aire), son peligrosas o dañinas. Por ejemplo, un niño con alta sensibilidad podría interpretar que un aumento en su ritmo cardíaco significa que está a punto de desmayarse o sufrir un infarto, aunque no exista un peligro real.

Pero, ¿qué factores inciden en que desarrollen dicha sensibilidad?

Al parecer, el miedo parental, expresado de manera directa o indirecta, podría ser una vía crucial. Es decir, que, aquellos menores expuestos (ya sea a través de conductas, mensajes o reacciones) al constante temor de su entorno, tienden a ser más propensos a desarrollar temor a las propias sensaciones físicas.

Por otra parte, la evidencia sugiere que quienes tienen una alta sensibilidad poseen mayor riesgo de desarrollar cuadros ansiosos como fobia social o trastorno de pánico. Teniendo esto en consideración, un reciente metaanálisis tuvo por objetivo examinar de qué manera el miedo parental influía en el desarrollo de la ansiedad infantil.

Comprendiendo la ansiedad en niños

La investigación incluyó diez estudios que examinaron la relación entre distintas formas de aprendizaje del miedo, mediante la observación, información verbal, refuerzo o castigo; y la sensibilidad en niños, adolescentes y adultos. Todos compartían el mismo objetivo: apuntaban a evaluar cómo influye en la forma de interpretar las propias sensaciones físicas y emocionales.

Además, los estudios analizados fueron de diseño transversal y de la misma calidad metodológica. La mayoría se realizó en poblaciones no clínicas, ubicadas en Norteamérica y Europa. Asimismo, se utilizaron cuestionarios estandarizados para medir los constructos y experiencias. Veamos en profundidad sus resultados.

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El miedo, ¿se imita?

Una de las vías más estudiadas fue el aprendizaje vicario, es decir, la adquisición de dicha emoción al observarla en sus padres. Por ejemplo, si un niño ve que su madre reacciona con pánico ante síntomas físicos como palpitaciones, es más probable que los asocie con el peligro.

Siguiendo esa línea, los estudios que evaluaron recuerdos retrospectivos de este tipo de experiencias mostraron que los adultos con alta sensibilidad fueron expuestos en su infancia a figuras parentales temerosas. La asociación fue particularmente fuerte con el temor a consecuencias físicas, tales como infartos o desmayos.

Palabras que marcan

Otro mecanismo identificado es la transmisión de mensajes negativos sobre los síntomas. Cuando los padres advierten verbalmente a sus hijos acerca de los posibles peligros de experimentar ansiedad —por ejemplo, al decir frases como “si te falta el aire es porque algo grave te está pasando”—, los niños tienden a desarrollar una mayor sensibilidad hacia sus propias señales corporales.

Este tipo de aprendizaje se vincula con la evitación de situaciones que generan malestar. Tanto así, que interfiere en la adquisición de estrategias de afrontamiento más adaptativas y, como consecuencia, facilita la aparición de ansiedad infantil.

Refuerzo y castigo: El rol inadvertido de las reacciones parentales

No solo importa lo que se dice, sino también cómo se responde. En ocasiones, los padres —motivados por el deseo de proteger— refuerzan inadvertidamente el miedo al permitir que el pequeño evite determinadas actividades o al brindarle atención excesiva ante la expresión de temor.

En otros casos, adoptan una postura opuesta, minimizando o sancionando las manifestaciones emocionales y transmitiendo, de forma implícita, que sentir temor es inaceptable. A pesar de sus diferencias, ambos estilos de respuesta contribuyen a que el niño establezca una relación disfuncional con sus emociones. Lo anterior no hace otra cosa, sino, incrementar la probabilidad de que interprete las sensaciones asociadas a la ansiedad como señales de amenaza.

¿Importa cómo los niños aprenden a tener miedo?

Según los autores, no importa tanto el “cómo”, sino el hecho de que esas experiencias se acumulen. Un punto clave en la investigación radicó en analizar las distintas formas en que madres y padres pueden, sin querer, transmitirles miedo a sus hijos.

Lo interesante es que, al analizar cada una por separado, ninguna pareció ser más importante que otra, dando a entender que en la vida real todas estas formas se mezclan. Así, tales experiencias relacionadas con el miedo parental no funcionan por separado, sino como un “combo” que moldea poco a poco cómo el pequeño interpreta lo que siente y lo vuelve más propenso a la ansiedad infantil.

Infancia y adolescencia: Ventanas críticas

Por último, la asociación entre los aprendizajes familiares y la sensibilidad a la ansiedad resulta más marcada en niños y adolescentes que en adultos. Lo anterior sugiere que la niñez constituye un período especialmente vulnerable, en los que las señales del entorno ejercen una influencia decisiva sobre el desarrollo emocional.

Aún más, los estudios que evaluaron experiencias actuales (en vez de recuerdos) mostraron asociaciones más robustas. Por ello, resulta clave intervenir en estos períodos para prevenir el desarrollo de cuadros ansiosos más severos.

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Limitaciones

En primer lugar, todos los análisis incluidos fueron de tipo transversal, lo que impide establecer relaciones causales. Asimismo, muchas investigaciones se basaron en recuerdos retrospectivos, lo que introduce sesgos de memoria. Incluso, se destaca la falta de diversidad geográfica y cultural en las muestras, ya que la mayoría proviene de países occidentales con contextos similares.

Además, la mayoría de los estudios evaluó la sensibilidad a la ansiedad como un constructo global, sin diferenciar entre sus componentes físicos, sociales o cognitivos. En ese sentido, explorarlas por separado podría ofrecer información más precisa para diseñar intervenciones específicas.

¿Cómo prevenir el miedo aprendido?

El entorno familiar cumple un papel crucial en la construcción del miedo que los niños desarrollan hacia sus propias sensaciones corporales. Así pues, trabajar directamente con los adultos referentes se presenta como una vía clave que aparenta tener efectos duraderos en la salud emocional infantil. Abordar la transmisión, particularmente del miedo, a través de las figuras parentales, permite intervenir tempranamente sobre un factor de riesgo tanto para la prevención como para el tratamiento de la ansiedad infantil.

Promover en los menores una relación más comprensiva y menos temerosa con sus propias emociones y sensaciones no solo es posible, sino necesario. Y en ello, el rol de los adultos resulta tan central como transformador. Te esperamos en nuestro curso Ansiedad infantil: Evaluación, herramientas clínicas y estrategias de acompañamiento para seguir profundizando en la comprensión, evaluación y acompañamiento de esta problemática.

Referencia bibliográfica

  • Alcan, E., Gessner, J., Stangier, G., Benke, C., Busin, J., Christiansen, H. y Melzig, C. A. (2025). The Association Between Parent-to-Child Fear Learning Pathways and Anxiety Sensitivity: A Systematic Review and Meta-analysis. Clinical child and family psychology review28(2), 322-348. https://doi.org/10.1007/s10567-025-00517-7